Estuve leyendo Perfil de tres monarcas, de Gene Edwards. Hacía un año que estaba tras este libro y ayer lo encontré, sin buscarlo, en una librería. Hacía mucho que no leía literatura cristiana tan buena. Vengo siguiendo a Edwards desde hace mucho, lamentablemente, la mayoría de sus libros no son aptos para la nube evangélica, no pasarían el filtro editorial. Algunos, son distribuidos casi de mano en mano, como si fuera propaganda subrepticia, por los hermanos de las iglesias en las casas, donde tienen mucha aceptación.
El libro trata, como su nombre lo indica, de tres monarcas: Saúl, David y Absalón. Pero no es de historia bíblica, sino, un perfil de sus corazones, o mejor dicho, de nuestras motivaciones, pues todos tenemos por dentro algo de cada uno de esos tres personajes.
Acostumbro a rayar en los libros que voy leyendo, con un lápiz de color, las partes que me llaman la atención. Puedo decir sinceramente que si no me hubiera controlado, no le hubiera sacado el lápiz, hubiera dejado una sola línea desde el principio hasta el final. Casi todo lo que dice Edwards en este librito es memorable. Estaba en el mismo estante que los mini libros descafeinados que tan buena venta al parecer están teniendo, a juzgar por la cantidad de ellos que encuentro en las librerías. Casi le paso de largo.
Una de los muchos párrafos que marqué, me tocó bien de cerca, pues a comienzos de febrero estuve en una situación parecida —aunque no estuve directamente implicado— (pueden leer Superhéroes de papel, el artículo que escribí al respecto), decía lo siguiente. Cito:
Me resulta curioso —prosiguió el Sabio— que los hombres que se sienten competentes para dividir el reino de Dios no se sientan capaces de irse a alguna otra parte, a otra tierra, para elegir un reino completamente nuevo. No, ellos tienen que robar el reino del otro líder. No he visto la excepción. Siempre parecen necesitar al menos algunos partidarios previamente moldeados a su gusto. Comenzar solo y con las manos vacías asusta al mejor de los hombres. Esto también indica claramente lo seguro que están de que Dios está con ellos.
Cuanta verdad, y a la vez, cuanta tristeza. Ampliamente recomendado.
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En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
El mejor maestro es aquel que puede mostrarnos a Cristo más claramente, un instrumento de un fin más allá de él mismo y que cuando mejor hace su trabajo es cuando menos logra verse.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.