Con esta parte termino la serie sobre Brian, el joven misionero. Aunque la medí para cuatro, terminó en siete. Estuve barajando la posibilidad de darle un final más positivo, pero el carácter de Brian no me lo permitió. Así son los personajes, ellos cobran vida y terminan dominándonos.
Brian seguía sin poner un pie en el suelo, tumbado sobre su cama. Para él, esta misión no era solo un experimento. Desde aquella ocasión, en el seminario, cuando su profesor de misionología vio claramente en sus ojos «ese fuego ardiente por las misiones» y le confirmó su llamado con la expresión «tienes un corazón a las naciones», no hubo otro pensamiento que ocupara su mente. Pensaba en ello de día y de noche.
Se preparó para ser misionero con un ímpetu que deslumbró a todos en su familia. Aprendió español y leyó cuando libro cayó en sus manos sobre esa nación en que estaría sirviendo. Conocía más sobre historia del país que cualquiera de los locales. Cuando Brian habló con él para pedirle permiso, su padre se entristeció, no tuvo otra opción. Brian había cumplido con creces sus expectativas, tanto en los estudios como en los deportes; primero en todo. Además, nunca había visto a su hijo tan ilusionado con un proyecto.
—Hijo, si es este tu deseo y decisión, cuenta con mi apoyo —con esa expresión, y un abrazó, Brian recibió su aprobación.
En esos dos años que Brian trabajó como director de alabanzas en Florida, paralelamente, pudo usar un poco sus conocimientos profesionales. Trabajó, junto a su padre, en la empresa familiar. Cuando apareció esta oportunidad de irse como misionero al Caribe, todo lo demás se volvió irrelevante: su familia, su carrera y hasta sus amigos, algunos de los cuales intentaron persuadirlo inútilmente. La dedición estaba tomada.
Según él, en ninguna otra cosa encontraría sentido para su vida. Pensó que tampoco llegaría muy lejos en la ingeniería, pues ya en su cabeza no había espacio ni para los números ni para los cálculos. Cuando cerraba los ojos podía ver claramente los rostros de niños sin esperanza y casi sentía el hambre, el frió y la enfermedad en su propio cuerpo. Tremenda sorpresa se llevó al saber que no hacía frió en el lugar, sino calor, sofocante calor; no había hambre, pues comían desmedidamente; y la enfermedad no su mayor problema. Si no fuera por la falta de energía eléctrica, ellos relativamente, vivirían aquí tan a gusto como él en Florida.
Corrían los últimos días de noviembre y estaba por entrar el invierno. El clima empezaba a refrescar y la atmósfera navideña se dejaba sentir. La Coca-Cola no le hacía tanta falta a Brian como su familia, sería su segunda navidad fuera de casa. Esta era la causa de su nostalgia, junto a su ducha de agua tibia y su baby; ese televisor de cuarenta pulgadas. Pero más que la nostalgia, era el dolor y la sensación de fracaso lo que lo había mantenido atado a su cama toda esa mañana, sin dejarlo levantarse. No sería fácil explicarles a su familia —a su madre, especialmente— y a sus amigos el porqué de su regreso, si regresaba, pero sería mejor eso que mentir.
A los pocos meses de estar en este pueblo empezó a perder el ímpetu con que llegó, como una vela encendida, se fue gastando lentamente esa fuerza que lo trajo al Caribe. La falta de energía eléctrica ya no era un detalle más, sino un calvario insufrible; la incomodidad de tener que cargar el agua dejó de ser anécdota a incluir en sus cartas para pasar a convertirse en su día a día, en su realidad. Notó como a medida que empezaba a sentirse parte del pueblo y las cosas perdían su novedad turística, su existencia se volvía rutinaria, monótona e insoportable. Eso lo había hecho dudar. Quizás, a fin de cuenta, no tenía «un corazón a las naciones». Tampoco en sus ojos se veía el mismo fuego de antes. La expresión de su rostro no era de franco optimismo, como en los primeros días, era de fatiga, cansancio y desesperación.
Los proyectos que había empezado en la misión: escuela bíblica para niños, dos equipos de béisbol para jóvenes y adolescentes y un concierto evangelístico, nunca fueron respaldados por el pastor. Los niños y la adoración eran su fuerte, pero casi en ninguna noche la energía eléctrica les ayudaba, por eso, nunca pudo hacer uso de la laptop y el datashow que había traído desde Florida. Además, mantener estos proyectos funcionando era una labor titánica. Por un lado, hacer milagros para conseguir uniformes, y por el otro, hacer malabares para convencer al pastor de que jugar al béisbol con los jóvenes era un trabajo misionero y sumamente útil en el evangelismo.
No todo era negativo, había tenido sus frutos. La iglesia se llenaba a rebosar domingo tras domingo. El pueblo era atraído por curiosidad, venían a escuchar cantar al gringo y de vez en cuando eran alcanzados por la gracia. Pero al pastor Severino esto tampoco le gustó. Muchos miembros se quejaban de que al llegar al templo no encontraban asiento. Para él era inconcebible que algunos miembros fundadores tuvieran que quedarse de pie.
Brian estuvo despierto desde la madrugada, tumbado en su cama mirando fijamente el techo de la habitación toda la mañana, como si en él encontraría la respuesta al dilema: soportar o regresar. Su reloj marcaba casi las doce. Se sentó en la cama, había tomado una dedición. Miró hacia la pared, los hermanos que tan amablemente le acondicionaron el lugar a su nuevo misionero habían pegado unos clavos sobre una madera, en forma de ropero improvisado. Estaban vacíos, su ropa no estaba allí. Tampoco estaban sus libros sobre la mesa ni se veía suelto ninguno de sus objetos personales.
No tenía mucho que recoger, pues nunca deshizo totalmente sus maletas. Esta casa nunca fue su hogar, siempre estuvo preparado para el viaje de regreso.
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En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
El mejor maestro es aquel que puede mostrarnos a Cristo más claramente, un instrumento de un fin más allá de él mismo y que cuando mejor hace su trabajo es cuando menos logra verse.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.