Esta es la segunda parte de la historia de Brian, un joven misionero norteamericano que se traslada a servir en Latinoamérica. La primera parte se titula Instalando el nuevo misionero. Pueden leerla.
Las dificultades iniciaron para Brian desde el primer día, cuando llegó. Bañarse de pie, en el patio, detrás de la pequeña habitación y sobre un piso de tierra, no era muy placentero. En el seminario le hablaron de sacrificios, por lo que estaba mentalmente preparado para enfrentar la situación. Es más, precisamente había salido de los Estados Unidos buscando esto: ser conmovido y quebrantado por la pobreza y necesidad del lugar.
En lo profundo de sí, sabía que las misiones urbanas relámpago en las que había participado como prácticas del seminario, con los colchones inflables, la mucha comida y las amanecidas en grupo, tocando una guitarra con otros jóvenes misioneros, no eran ni parecidas a las de Pablo o Bernabé. Vino a Latinoamérica buscando eso, y era lo que tenía.
En una carta dirigida a su familia —por correo tradicional, pues se prometió a si mismo no usar Internet durante la misión— titulada «Puesta al día» expresó claramente su estado de ánimo:
—Estoy bien —introdujo—. Los hermanos de la congregación me han organizado una calurosa bienvenida. Me he ido enterando por partes de todo el trabajo que realizaron para recibirme. Cortaron el césped, pintaron las paredes, y hasta tapizaron de azul un gran sofá, el cual ahora me sirve de estudio junto a una lámpara de gas. En este pueblo casi no hay energía eléctrica, por lo que no he tenido el tiempo suficiente para ensayar las canciones del domingo, o transcribirlas en PowerPoint.
El lugar es acogedor, aunque bastante pequeño. La parte más difícil ha sido el baño. No me lo creerán, pero no tienen nada parecido a una bañera. El agua está almacenada en un tanque, el cual es llenado todas las mañanas —cuando tenemos agua, sino, a cargarla en cubetas— por una manguera. ¡No hay ducha!, tengo que sacar el agua con media lata de salsa de tomate, de a poco en poco. No crean que me estoy quejando, salí de USA esperando esto, o algo peor. Con relación a las demás necesidades, prefiero no abundar. No me creerán, pero solo les diré que no hay retrete. Tengo un pequeño cuartito de hojalata —no entiendo porque, pero aquí todo lo construyen con ese tipo de materiales— en el fondo del patio. Ahí dentro hay un hoyo. Imagínense el resto.
Su madre, al recibir la carta, estalló en lágrimas. No lloraba por su hijo, ahora habitando en condiciones extremas, lloraba por ella misma. También era latina, y la carta de Brian le había hecho recordar en gran medida las condiciones de su niñez. En ese sentido, el quebrantamiento buscado por Brian en su experiencia misionera, estaba también quebrantando a los suyos, en el otro lado del mundo. Ella, con lágrimas en los ojos, sacó su bolso y firmó un cheque por valor de cien dólares a favor al fondo de misiones de su iglesia, en Florida.
—Comencé a realizar visitas —continuaba la carta—, los hermanos hacen filas por recibirme en sus casas. Estoy tomando mucho café, unas siete tazas al día aproximadamente. En cada hogar que visito suben una cafetera a la estufa inmediatamente. Según los libros de misionología, por aquí es una descortesía rechazar el café. Son personas humildes, la mayoría no sabe leer ni escribir, pero tienen gran corazón y sentido de la hospitalidad.
Concluyó su «puesta al día» para familiares hablando de la habilidad de los niños locales para jugar al béisbol —o jugar a la pelota, como ellos le dicen— y solicitándole a su hermano menor el envío, lo más pronto posible, de unos cables de audio para el piano que había olvidado. Era imposible —según les dijo— encontrar una tienda de efectos electrónicos a menos de una milla a la redonda.
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En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
El mejor maestro es aquel que puede mostrarnos a Cristo más claramente, un instrumento de un fin más allá de él mismo y que cuando mejor hace su trabajo es cuando menos logra verse.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.