Veo esto de escribir como parte de mi ministerio, tan importante para mí como predicar en las iglesias. El primer paso para quedar inscrito en un oficio es llamarse como tal: plomero, electricista o escritor. Yo me autodenominé escritor amateur: «como los boxeadores que pelean fuera del circuito profesional, más por el gusto que le tienen al deporte (no a los golpes) que por la remuneración que el mismo pueda representarles». Pero un estudiante de arquitectura no se llama arquitecto por el simple hecho de haberse matriculado en la universidad (sería bastante optimista), es necesario tener algo para mostrar, y justo ahí estaba mi problema.
Estoy rayando papel electrónico casi todos los días en este espacio desde 1999, pero existe un montón de gente que no se conecta a Internet, a quienes también quiero llegar. Mensualmente casi quince mil personas leen —que lean no es seguro, pero por lo menos por aquí pasan— gratuitamente los artículos que publico en este espacio, pero he visto que en su mayoría, son parte de la nueva generación de creyentes. Hay miles de personas allá afuera que no saben encender una computadora a quienes podría llegar utilizando medios de comunicación más tradicionales.
Si de verdad se tiene un llamado a comunicar el evangelio, por cualquier medio (en la música, grabando CDS; escribiendo, publicando libros; o actuando en un teatro ambulante), también se tiene la responsabilidad de entregar el mensaje. En este reino nadie es contenido, todos somos vasija, y más que simples vasijas de barro, también somos ruedas, o piernas. Nadie podrá excusarse delante de Dios argumentando que la disquera no se interesó por su música. Si tienes el llamado para cantar, deberías invertir tu dinero, tiempo y sacrificio sin esperar nada a cambio. Si no quieren grabarte, sube a lo alto de una montaña y suelta tu música desde allá arriba, para cuanto oído esté dispuesto a escucharte. Quizás tengas que construir con tus manos casitas de campaña para no morirte de hambre, como lo hacía Pablo, pero al final de tus días morirás con la satisfacción de haber cumplido tu ministerio.
Dios no le entregó una bicicleta a Jonás para que se transportara en Nínive, o una embarcación a Pablo —para el ministerio, como dicen algunos— para que se moviera sembrando iglesias de pueblo en pueblo por Asia Menor.
Estoy cansado de leer y oír los reclamos de escritores y cantantes, quienes se recuestan cómodamente, como borregos, en los colchones económicos de disqueras o editoriales para que los ayuden a cumplir sus ministerios. Este sistema de mecenazgo ha llegado a tal punto, que los cantantes cristianos no solo prestan su voz para adorar a Dios, sino, que siguen alegremente como loros repitiendo los argumentos de sus patrones para defender intereses comerciales. Semanalmente un artista cristiano se queja de «la piratería está matando la industria del disco»; es como si Pedro se quejara en Jerusalén porque más de tres mil personas escucharon su sermón gratuitamente, sin pasar por caja. Una barbaridad.
No estoy dispuesto a esperar que un ejecutivo de saco y corbata decida, en una fría oficina, evaluar el potencial comercial de mi obra para que me firme un cheque. Quizás no sea yo la mejor pluma evangélica contemporánea, pero no estoy haciendo esto para comer, sino, para servir. Estoy convencido de tener un llamado de Dios, como Jonás. Nínive no podía esperar, y a este mensajero de Dios no le valieron las excusas. Si algún día «la industria» quiere publicarme algo, aceptaré gustoso, pues llegaré a más gente, pero si no lo hacen ellos, lo haré yo.
He conocido artistas cristianos que se sienten orgullosos de haber grabado un CD. Algún mecenas le habrá invertido dos pesos, pero las emisoras no sonaron sus canciones. Aun así, se sienten conformes. Miran la caja plástica con su foto en el centro como si fuera un espejo o portarretrato y se sienten orgullosos. Me recuerdan a Louis, la canción de Franco de Vita.
Lleva sus años aquí, tratándose redondear,
una manera mas fácil, lo que quiere es cantar.
Medio poeta el señor, ha escrito alguna canción,
y desde el reproductor los Beatles son su pasión.
Y sueña con escenarios, mientras le cambia la luz,
del rojo al verde no hay mucho tiempo para soñar.
Me molesta sobremanera hablar con músicos talentosos, quienes no cumplen su ministerio porque sus canciones tienen buen contenido, y como están las cosas, no se puede ser comercial y al mismo tiempo mantener la calidad. Las buenas letras pocas veces se convierten en discos de platino. Lo mismo pasa con los libros. Para ser bestseller hay que hablar de prosperidad, o de los cinco sencillos pasos para ser feliz y vivir tu mejor vida. Un expreso descafeinado, compatible con los cambiantes indicadores comerciales del momento. Ah, se me olvidaba, una portada llamativa, con muchos colores, y estás hecho.
Por mi parte, estoy contemplado algunas posibilidades interesantes —espero explicarlas en otro artículo— para ponerle ruedas al mensaje. Algo que me ayuda mucho es el tipo de licencia que uso, pues a diferencia del copyright, que dice: No copies, no compartas, no distribuyas, les pido amablemente a mis lectores que copien, regalen, impriman y distribuyen libremente mis escritos, mientras más mejor. La verdad libertadora debe correr libremente. Lo único que no permito es que los vendan —como si alguien daría dos pesos por ellos—, pues si yo tengo que ganarme la vida programando computadoras, por compartir, no pretendo llenarle los bolsillos a ningún gracioso.
Termino con una palabra para los cantantes, escritores y creyentes en general quienes sirven al reino siendo vasijas: si se niegan a entrega este mensaje que no es nuestro y a todos nos pertenece, y siguen llamando piratas o ladrones a sus verdaderos dueños y destinatarios, se los puede tragar el pez. Igual que a Jonás.
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Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
El mejor maestro es aquel que puede mostrarnos a Cristo más claramente, un instrumento de un fin más allá de él mismo y que cuando mejor hace su trabajo es cuando menos logra verse.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.