En papel de mantequilla — PezMundial
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En papel de mantequilla

Rafael Pérez 25 April 2006 : 3:27 pm 720 Lecturas
Esta es una de las partes de este cuento. Pueden ver el índice completo del mismo.

En esta cuarta entrega de la historia sobre el misionero Brian, su madre responde la carta —mencionada en la segunda parte — que este había escrito a su familia.

EscritorioJosefina, la madre de Brian, no soportó la ansiedad. Estuvo intranquila desde que recibió la carta y la leyó en la sala para toda la familia. En un escritorio grande, de caoba centenaria, se entregó a responderle a su misionero. Mientras más pronto mejor, se dijo emocionada. Tenía frente a ella una maquina de escribir eléctrica, marca Olimpia, que la oficina de la iglesia le había regalado, como recuerdo y reconocimiento por sus veinte años interrumpidos al frente del boletín local. Junto a ella, una taza de café.

Las letras llovían sobre el papel a una velocidad asombrosa, destreza adquirida a lo largo de toda una vida en labores secretariales, en la iglesia o en la oficina del negocio familiar. Aún así, las ideas corrían más rápido que sus dedos, y tenía que empeñarse para darle alcance.

Querido Brian:
No sabes lo orgullosa que me siento de que tú, mi pequeño, estés pisando un suelo cercano y parecido al que me vio nacer. Espero que las historias que te conté cuando eras solo un niño, sobre calles de piedra y casas de palma pintadas con cal, estén todavía frescas en tu memoria.

Sigo riéndome de tu detalle. Solo a ti se te hubiera ocurrido enviarnos esta carta sobre este papel opaco, de mantequilla, como dices que le llaman allá. El hecho de que el dependiente de la bodega también lo use para envolver el salami que te vende, dice mucho; tanto de la versatilidad del papel como de tu dieta alimenticia.

Admiro tu decisión. Cuando paso frente a tu habitación y a través de la puerta veo tu bebé, ese televisor a colores de cuarenta pulgadas; los juegos de video que tanto te gustan y tu equipo de sonido, entiendo que realmente tienes un llamado de Dios. Bien sabes lo mucho que me gustan las misiones. Sigo enviando mis aportes regularmente al fondo que la congregación mantiene para estos fines. Y siempre tengo presentes los misioneros en mis oraciones. El reverendo Samuel y los demás obreros que sembraron el evangelio en esa comunidad donde hoy estás, con su ejemplo, marcaron nuestras vidas.

Ser misionera era mi sueño, pero conoces mi posición al respecto: la familia está primero. Aun así, Dios me ha premiado al poner en ti ese deseo que ya antes reposó en mí. Siempre he creído que el llamado para servir a Dios le viene a uno por el lado de la madre y el oficio, para ganarse la vida, del lado del padre. Tu padre siempre te imaginó ingeniero. Cuando te recibiste en la universidad rebosó de felicidad; ahora, estás sirviendo de misionero en el otro lado del mundo, y siento que es mi turno.

Tal como mencionaba su madre, Brian se había propuesto escribir cualquier nota en el papel más corriente que encontrara. Este, color tierra, lo vio por primera vez en la bodega de la esquina. El dependiente lo usó para pesarle sobre una balanza media libra de salami —su cena de esa noche—, y ahí mismo la envolvió. El papel tenía mucho parecido con otro, en el que tantas veces recibió cartas desde Cuba, cuando su corazón misionero le impulsaba a sostener correspondencia con países pobres del tercer mundo.

Cierta vez, un hermano cubano se disculpó con él al no poder responder a sus preciosas cartas «a computadora, de sobres blancos y papel satinado» en algo más elegante que «este trozo de hoja color ocre, tan fino que parece transparente». Aun así, El hermano cubano tuvo suerte de conseguir papel, sin importar su calidad; de lo contrario tendría que responder la carta de Brian en lo que encontrara, trozos cortados de una funda de cemento, de ser necesario.

Le pareció un buen detalle para su misión usar este tipo de materiales (papel de mantequilla —así le llamaba el dependiente—, y lápiz de carbón) aunque en el fondo de uno de sus bultos había tres resmas de papel de hilo y dos felpas, una negra y otra azul, que su madre había colocado con cuidado.

Josefina terminó su carta poniendo a Brian al día en lo relativo a la familia y al equipo de béisbol infantil de la iglesia, del cual su hijo era manager. Le envió un beso, dos abrazos y en medio de la carta, cincuenta dólares prolijamente doblados. «Para que sigas comprando salami y papel de mantequilla», le devolvió la broma con picardía.

Con esta carta de la madre de Brian, termina la cuarta parte de este cuento. Según el bosquejo, faltan dos, incluido el conflicto de Brian con la Coca-Cola.

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Rafael PérezRafael Pérez (Pastor)
Conoció al Señor en el Templo Evangélico de la 19 de Marzo (1989) —Azua—, sirvió durante diez años en la Iglesia de Lucerna (Asambleas de Dios) y como maestro en varias congregaciones de Santo Domingo. También ha trabajado para el Departamento de Publicaciones de las Sociedades Bíblicas Unidas (SBU). En Abril del 2008 comenzó junto a su familia y un grupo de amigos la Comunidad Cristiana PezMundial. Rafael es Administrador de Empresas y vive en Santo Domingo (República Dominicana) junto a su esposa Carolina.

Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com

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