Esteban, el mecánico, le va narrando su historia al hermano Arturo, mientras le cambia el aceite de a su Toyota Corolla 87.
—Cuando era joven y vivía en el campo, me convertí —le decía desde abajo del auto como sacándole conversación—, era evangélico. Hasta cerraba el taller los domingos. Pero usted sabe como es la vida, a uno le llegan las obligaciones y tiene que hacerse cargo.
Arturo, miembro de la nueva iglesia evangélica de la comunidad, había conocido a Esteban repartiendo tratados. Para ese entonces le entregó una literatura llena de versículos con su cara evangelistica y lo invitó al culto del domingo. Este la recibió de buen agrado, con sus manos llenas de grasa, y aprovechó para poner a sus órdenes el pequeño taller. La guardó en su mono azul y continuó apretando tuercas.
—¿Y cual es la diferencia entre el campo y la ciudad?
Le causó curiosidad el hecho de que dijera que antes era creyente, como si el hecho de salir del campo era lo que había provocado que dejara la fe.
—Es que en el campo no había televisores, ni mucha vida social. Además, uno tenía su ropita nueva y había que ponérsela el domingo, para ir a bailar a la terraza o para visitar la iglesia. La mayoría de los hombres preferían el baile, pero yo no. Mercedes, la mujer que me gustaba, no bailaba, era evangélica. Y uno enamorao se mete en cualquier cosa.
—¿Pero por qué no buscaron una iglesia en la ciudad? —le cuestiona.
Después que nos mudamos para la capital, Mercedes comenzó a jugar bingo con las mujeres del barrio y yo empecé a abrir mi tallercito el domingo por la mañana.
Estaban terminó el trabajo y Arturo encendió el motor de su auto. Le pasó el dinero por la ventanilla. Prefirió dejar la conversación ahí, pues la liga de Softball a la que pertenecía jugaba el domingo en la tarde, a la misma hora del culto evangelístico al que lo había invitado, y su mujer veía la novela los jueves por la noche, en el horario del culto de damas.
Retroalimentación: Puedes usar el siguiente formulario para enviar cualquier pregunta o comentario sobre este artículo directamente al autor. (Ni tu comentario ni tus datos serán publicados.)
Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.
Los Salmos son expresiones emocionales que emanan de las convicciones de hombres muy profundos y a la vez sensibles como el rey David. Hombres que podían llorar ante la desesperación y al mismo tiempo encontrar consuelo en las firmes promesas de Dios.