Amazing Grace — PezMundial
PezMundial

Amazing Grace

Rafael Pérez 24 April 2006 : 1:15 am 1,580 Lecturas
Esta es una de las partes de este cuento. Pueden ver el índice completo del mismo.

Esta es la tercera parte del cuento sobre Brian, el joven misionero, pero el asunto sigue creciendo (pueden leer la primera y la segunda). Dice Horacio Quiroga en su decálogo del buen cuentista: «No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas». Realmente guardo el bosquejo general del cuento, pero hay partes que merecen el detalle, como esta ocasión, donde Brian y Pineda cantan para la iglesia.

GuitarraEl pastor Severino sentía una profunda admiración hacia los misioneros, eran su arquetipo de la perfección cristiana. Solo había que escucharlo predicar uno de sus sermones, cargados de referencias, memorias y anécdotas sobre el Reverendo Samuel y los demás «santos esforzados» —así se refería a ellos— que habían soportado hambre, sed y precariedades por amor a las almas.

Casi todo era cierto, menos la capacidad para el ayuno que Severino les atribuía. En un sermón sobre los hábitos espirituales dijo que algunos de ellos acostumbraban a permanecer semanas sin probar alimento, solo a pequeños sorbos de agua. Este comentario, como muchos otros, contribuyó a mitificar a los misioneros, colocándolos en un pedestal desde donde sería muy difícil desmontarlos.

Con relación al mito de los prolongados ayunos, es preciso decir que si algo hicieron los misioneros en su estadía por estas tierras, fue comer. Casi a diario algún hermano mataba un chivo o cortaba un racimo de plátano pinto, como les gustaba a ellos, para organizar una comilona. Con el agua, su sacrificio más grande fue tomarla desde una tinaja, a temperatura ambiente.

A la segunda noche de haber llegado Brian, ya estaban cenando juntos, todos los miembros. Los evangélicos siempre encontramos algún motivo para la comedera, Cristo nos malacostumbró. En esta ocasión daban la bienvenida formal al nuevo misionero. Severino se le acerca, buscando conversación.

—Me imagino que conocerás al reverendo Samuel, nuestro padre en la fe—le comenta emocionado.
Brian hablaba el español casi perfectamente —aunque lo escribía mejor—. Su madre le inculcó esta lengua como parte de lo que ella llamaba su herencia latina. Adicional a esto, tomó clases particulares de español por siete meses, como parte de su preparación para la misión.

—No mucho —le responde Brian, con su tono gringo—. Las pocas referencias que tengo de él son los comentarios de mi madre, ella si lo conoció. Yo era un niño cuando ese hermano partió a estar con el Señor. Tengo un vago recuerdo de su funeral, nuestro pastor mencionó sus sacrificios misioneros en la lectura del panegírico. Creo que fue la primera vez que escuche hablar de ustedes.

Sin duda, Brian había escuchado algo sobre ese memorable misionero, pero mucho menos que los hermanos del lugar, quienes eran bombardeados desde el púlpito, domingo tras domingo, por el pastor Severino, guardián de su memoria. Además, en América del Norte la figura de Samuel no había sido mitificada. Para sus hermanos de Florida era un cristiano más, valioso, sin duda, que había cumplido su ministerio sirviendo en distintos pueblos de Latinoamérica y el Caribe. Los locales lo tenían más presente, eran sus hijos espirituales, recibieron de él el evangelio. Además, nadie es profeta en su tierra.

Severino tenía un segundo tema bajo la manga para conseguir conversación, pues tomando en cuenta la corta edad del joven misionero, no había mucho que esperar en lo que a historia se refiere. Con la música tuvo mejor suerte, era una de los fuertes de Brian.

—¿Qué tal la música? —le cuestionó Severino, mientras le pasaba su guitarra acústica. Una valenciana barnizada en amarillo con el diapasón gastado de tanto uso—.
—Es mi debilidad —respondió Brian con alegría—.

Tomó la guitarra del pastor y ante las miradas atentas de todos los hermanos se propuso cantar. Primero les contó la historia de John Newton, un traficante de esclavos borrachón que encontró la gracia de Cristo durante una tormenta. Pasó entonces a entonar las letras de Amazing Grace (sublime gracia, en español), mientras rasgueaba sus acordes.

Amazing grace! How sweet the sound that saved a wretch like me. I once was lost but now am found, was blind but now I see.

Los hermanos quedaron atónitos, pocas veces habían escuchado ese idioma. A Severino, la voz melodiosa y totalmente afinada de Brian, nada parecida a la gruesa y maltrecha de Pineda, el mejor cantante local, le pareció angelical. Hasta dejó salir unas lágrimas.

Inmediatamente después Brian cantó la misma parte en español, y continuó así hasta la penúltima estrofa. Cantando parecía latino, un español fuerte y claro, nada estropajoso.

Sublime gracia, dulce son, a un infeliz salvó;
perdido andaba y me halló, su luz me rescató.

La gracia me enseñó a vencer, mis dudas ahuyentó.
¡Qué gozo siento en mi ser! Mi vida sí cambió.

Peligros, luchas y aflicción los he tenido aquí;
la gracia siempre me libró y me guiará feliz.

El auditorio improvisado tronó en un aplauso que interrumpió la música —iniciado por Severino, todavía con los ojos cerrados por la emoción— El corazón de los locales saltaba al escuchar este joven misionero de pelo rubio cantar en su misma lengua.

—Esta canción fue compuesta por ese borrachón, traficante de esclavos arrepentido: John Newton —les dijo Brian—.

Invitó a cantar junto a él al hermano Pineda, pues vio que conocía la letra. Entonaron juntos la última parte.

Y cuando esté por siglos mil brillando como el sol,
yo cantaré por siempre allí la historia de su amor.

Severino hizo un gesto de desaprobación con la cara, mientras abría los ojos, con disgusto. La ronca voz local lo había traído de regreso desde ese éxtasis, donde lo había dejado la canción, en especial, esa estrofa en inglés.

Continúa mañana. Tengo pendiente una carta —la respuesta de su madre— y los conflictos de Brian con la Coca Cola.

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Rafael PérezRafael Pérez (Pastor)
Conoció al Señor en el Templo Evangélico de la 19 de Marzo (1989) —Azua—, sirvió durante diez años en la Iglesia de Lucerna (Asambleas de Dios) y como maestro en varias congregaciones de Santo Domingo. También ha trabajado para el Departamento de Publicaciones de las Sociedades Bíblicas Unidas (SBU). En Abril del 2008 comenzó junto a su familia y un grupo de amigos la Comunidad Cristiana PezMundial. Rafael es Administrador de Empresas y vive en Santo Domingo (República Dominicana) junto a su esposa Carolina.

Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com

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