Miró dos veces la hora en su reloj plateado, como intentando reconfírmala, mientras se paraba de la silla, sin ánimos de abandonar el lugar. Severino Hernández era un pastor de campo, tallado a la antigua y de gestos estudiadamente refinados. Moreno, un poco alto, cara larga y porte formal. Fue instalado como pastor a mediados de los ochenta por los misioneros que iniciaron la obra en ese remoto lugar.
Su selección para el cargo fue una coyuntura del momento. Los misioneros tenían que irse y de entre una decena de catecúmenos él era uno de los pocos que sabía leer. Fue el primero en completar el estudio que impartían los misioneros, sobre el libro de Juan, e inmediatamente fue presentado como pastor de la nueva obra por el hermano Samuel Mayer (se le llamaba Reverendo Samuel, con acento en la “a”), el último que quedaba en el campo cuando ya la misión se había ido. Al instante de ser presentado, abandonó su nombre de pila, Justino, y se hizo llamar solo por sus apellidos, Severino Hernández, o en su defecto, aceptaba el título de Reverendo.
Severino vestía hoy como venía vistiendo hacía ya dos décadas, desde aquella presentación. Pantalones oscuros, marrones, negros o azules y camisa opaca, siempre almidonada. Había dejado colgados en sus hombros unos tirantes de la misma manera que lo hacían el reverendo Samuel y los demás misioneros varones, con ese esnobismo siempre característico de los locales.
Ya se le hacía tarde, pero seguía esperando a Pineda, uno de los fundadores de la pequeña iglesia. Según Severino, Pineda era un miembro difícil. Fue el segundo en terminar el estudio sobre Juan, y también sabía leer. Quizás hubiera sido la mejor opción cuando los misioneros buscaron un pastor apresuradamente, pero la necesidad de pastor y la cosecha de café llegaron juntas, para esos días no tenía tiempo disponible. Aun así, gozaba del respeto de los demás miembros y se mantenía sirviendo como director de alabanzas. Y era esta última la razón por la cual Severino se encontraba desesperado esa tarde en la galería de la casa de Pineda.
La noche del próximo domingo era culto evangelístico. Severino había arreglado un grupo de himnos del Himnario de Gloria y Triunfo alusivos al tema del sermón. Ya que Pineda dirigía los cantos y Severino aparte de predicar también tocaba la guitarra, era normal que intentaran ponerse de acuerdo. Mientras daba vueltas en la galería de la casa, vio la silueta de un caballo caminando cuesta arriba como sin ganas de llegar a casa. Encima venía Pineda, cansado, con unas botas de goma y las ropas manchadas de trabajar la tierra.
Amarró el animal a un horcón, frente a la pequeña casa de madera, y abrió la puerta del centro de la empalizada para encontrarse de frente con el Reverendo Severino —también él se había acostumbrado a llamarlo por titulo y apellido, sin importar que se conocían desde siempre ni que antes respondía por Justino—. Severino se había sentado nuevamente en la silla para pararse en el momento en que Pineda entrara.
Severino se ponía de pie y Pineda se aflojaba la soga con que ataba el machete a su cintura, avanzando lentamente hacia la galería de su casa, donde el pastor le esperaba desde hacía una hora.
—Saludos hermano Pineda.
—Bendiciones Reverendo.
—Habíamos quedado para las cuatro —reclama—, le vengo esperando desde hace horas, casi muerto del desespero.
Severino le hablaba con una voz cansada, un poco fingida, mientras le ofrecía la mano. Pineda le estrechó la mano y con la perspicacia que le caracterizaba devolvió el comentario con renovada ironía:
—Venía afanando con este caballo desde las tres de la tarde, por más que lo puyaba no quería subir la loma. Al parecer, mientras más viejo se pone le aumenta la maña. Pero hablando de impaciencias, lo mismo me pasó a mí el domingo pasado mientras usted predicaba sobre la bestia de siete cabezas del Apocalipsis. ¡Casi muero del desespero! No recibí alivio hasta que pronunció el último amén.
Se soltaron las manos y el tema quedó sepultado junto al saludo. Severino miró al cielo y respiró hondo. Mientras veía el sol que ya empezaba a ponerse recordó el asunto que le había traído hasta la casa de Pineda.
—Bueno, a lo que venía —le dijo, mientras se frotaba una mano con la otra, impaciente, como a punto de decir algo grande—. Para el próximo domingo termino la serie de sermones sobre Apocalipsis, y quisiera que los himnos estén relacionados con el mensaje.
Severino había heredado de los misioneros, aparte de los tirantes oscuros sobre camisas opacas, esa vieja costumbre de relacionar cada sermón con alguna canción. Pineda, igual que su caballo, se ponía más viejo y cascarrabias a medida que le entraban los años. No había cosa que le molestara más que recibir un listado con el número de los himnos que debía cantar.
A través de los años ambos habían llegado a un acuerdo no escrito: Pineda soportaba los mensajes de Apocalipsis domingo tras domingo y Severino se limitaba a seguir con la guitarra las canciones que Pineda soltara desde el micrófono. Recibir indicaciones sobre cuales canciones entonar equivaldría a pedirle a Severino que predique sobre el sermón del monte.
Aun así, Pineda aceptó de mala gana. Empuñó la hoja que ya Severino había sacado del bolsillo de su camisa, mientras le respondía con resignación:
—Bueno, déjeme buscar las canciones en el himnario para ver si puedo recordar las letras. Ya mi memoria no es tan buena como antes, pero haré lo posible.
Severino afirmó moviendo lentamente la cabeza, con gesto de no estar muy convencido. Ya ni sabía la razón por la cual seguía intentando en estas cosas. Desde que tenía memoria habían estado en desacuerdo, y a fin de cuentas, Pineda era un miembro rebelde, siempre hacía lo que le daba la gana. Se despidieron con otro apretón de manos y Severino se fue a su casa, a terminar de arreglar el mensaje.
Llegó la tarde del domingo, y con ella el devocional. Pineda subió a la plataforma y cantó totalmente inverso a lo que habían acordado en la reunión aquella. Soltaba un himno alusivo a la familia y continuaba con otro para el fortalecimiento de la fe. Mientras tanto, abajo, Severino en la guitarra le acompañaba de mala gana sudando frío y mordiéndose la lengua, a punto de explotar. Pineda terminó el devocional con un himno nada alusivo a los sucesos finales y bajó de la plataforma para ceder el micrófono a Severino, quien continuaría con el mensaje.
Severino soltó la guitarra con rabia y predicó uno de los sermones más cortos que había predicado en su vida, sobre la obediencia. De cuando en vez, entre versículos, le lanzaba una furiosa mirada a Pineda, como queriendo personalizar en este la figura del maligno. Dejó caer el último amén sobre la multitud y abandonó el púlpito estrepitosamente. Tomó su vieja guitarra por el cuello y paró a su mujer del banco con un tirón del brazo. Salió del templo sin despedirse, soltando chispas.
Pineda subió a la plataforma nuevamente para despedir la congregación. Había dejado para el final su alabanza preferida: Noche de paz.