De paseo por el camino, encuentro a un lado y otro de la calle el grupo de creyentes que perdieron la ruta. Son jóvenes de mi generación quienes en un momento de sus vidas dieron el gran salto, miraron hacia los lados y compraron un pasaje de ida al mundo para nunca más volver a casa. Algunos de ellos asistieron a la escuela bíblica dominical, igual que yo, obligados por sus madres. Pero en el momento que tuvieron la opción de bajar del autobús que los llevaría al cielo, saltaron, sin pensarlo dos veces.
Antes, cuando los veía, hacía el intento de convencerlos, bajaba yo también e iba donde estaban. Pero al pararme a conversar con ellos terminaba tan desmotivado que tenía que hacer un esfuerzo sobrehumano para no quedar en vergüenza y regresar al autobús. Sinceramente, su situación era igual que la mía, estaban tan cansados, desmotivados y aburridos como yo, su única diferencia era que habían tenido el valor de saltar y yo seguía en mi asiento, aunque inquieto, al lado del chofer.
Un predicador me dijo una vez que la estrategia para ganar almas de ese tipo era esperar un vació existencial. Tarde o temprano todo hombre puede ser alcanzado —decía él— si se espera a que el hueco llegue a su vida. Me dijo que ellos en algún momento se preguntarían: ¿Quién soy? ¿De donde vengo? Y ¿Para donde voy? Cuando la duda llegara a su vida sería el momento de halar el anzuelo. Me senté con paciencia a esperar la llegada del vacío pero a medida que pasaba el tiempo sus convicciones se hacían más fuertes y mis propias dudas crecían a un ritmo directamente proporcional a la decisión de ellos.
A diferencia del hijo prodigo de la Biblia, ellos no han tenido que comer algarrobas, por lo menos hasta ahora, veo muy lejos el día en que decidan volver a casa. Son jóvenes inteligentes, informados y con los suficientes recursos (económicos y racionales) para mantenerse a flote por mucho tiempo. Mi herramienta estrella para hacerlos recapacitar era la eterna disyuntiva: cielo o infierno, pero ante ellos no era más que otra historieta bíblica de las que escucharon conmigo en la iglesia, cuando todos éramos niños. Algunos me miraban con cara de pena burlona, como diciendo: el pobre, tan grande y todavía sigue creyendo en eso. Con el otro recurso: el ¡Cristo viene ya!, intenté solo una vez, y no quedé con ganas de volver a hacerlo.
Mis encuentros con ellos eran primeros esporádicos, después casuales y luego frecuentes; al final tuve que dejar de verlos. Sentí que con dos visitas más me tendrían de su lado. Yo también tenía dudas, estaba al igual que ellos cansado de asistir domingo tras domingo y creo que hasta había dejado de creer. En ultima instancia, la única diferencia entre ellos y yo era que a mi me faltaba el valor para saltar, o me hacía de la vista gorda. En suma, yo era más hipócrita que ellos —o por lo menos así me veía— y por eso había permanecido más tiempo en la misma ruta, directo al cielo.
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Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.
Los Salmos son expresiones emocionales que emanan de las convicciones de hombres muy profundos y a la vez sensibles como el rey David. Hombres que podían llorar ante la desesperación y al mismo tiempo encontrar consuelo en las firmes promesas de Dios.