En la última parada que hice, cuando todavía tenía mi asiento fijo al lado del conductor, en el autobús que me llevaría al cielo, tampoco logré quedarme; pero por lo menos conseguí una salida. Fue una parada especial, nuestro autobús verde —casualmente, por ser pentecostál era el más ruidoso de todos— entró al parador y coincidimos como por cosa del destino con muchos otros viajantes, cada cual en autobuses distintos.
Bajo las miradas celosas de mis compañeros de viaje, me di a la tarea de intercambiar impresiones con los del autobús rojo (bautistas), con los del autobús amarillo (menonitas) y hasta con los del autobús púrpura (católicos). Cuando mis compañeros me vieron sentado en ese parador conversando amenamente con un católico, pegaron un grito tan grande que retumbó en las paredes del cielo.
Los del autobús púrpura eran un caso aparte. Se toleraba que un pasajero del autobús verde conversara, entablara amistad y hasta se transportara de vez en cuando en autobuses rojos, amarillos o de otros colores históricamente aceptados, pero con los del púrpura nunca. La gente del autobús púrpura era gente rara, colgaban rosarios al retrovisor, pegaban vírgenes en los cristales y nunca oraban al salir del parador.
Los pasajeros de la ruta al cielo tienen más cuentos, tradiciones y leyendas que un marinero. Algunos dicen que es necesario viajar sin aretes, otros sin maquillaje, alguien me aseguró una vez que aunque lograra llegar a la entrada del cielo, ningún hombre con barbas lograría entrar. Recuerdo la ocasión en que una viajante de mediana edad contó sobre la revelación que había tenido. Se vio a ella misma en el infierno, rodeada de mujeres con rolos en la cabeza. De ahí en adelante quedaron prohibidos los rolos, los ablandadores para el pelo y hasta las visitas a salones de belleza —algunos paradores tenían este tipo de establecimientos— para todas las mujeres del viaje. Esto, a pesar de la tristeza manifiesta en los rostros de algunos maridos, quienes veían pasar por las ventanillas a las mujeres de los otros hijos pródigos y las no-viajantes correctamente arregladas.
Muchas de las dudas que yo había arrastrado hasta el momento tenían su origen en las imprecisiones de los conductores temerarios. Nunca entendí la razón por la cual, cuando llegamos a un cruce en el camino, unos giraron a la izquierda y otros a la derecha, ambos grupos convencidos de estar haciendo lo correcto. Un tercer grupo dijo que había cometido un error histórico al seguir esa ruta y el autobús en el que viajaban se devolvió en vía contraria; su conductor aseguraba haber encontrado a última hora un camino mejor. Con mucho pesar, terminé convenciéndome de que no importaba el color de mi autobús, o si corríamos rumbo al norte a trescientos kilómetros por hora o decididamente hacia el sur, este viaje llegaría tan lejos como vida tuviera el último de nosotros.
Algunos hijos pródigos, de los que habíamos dejado en las paradas anteriores —ellos si se habían atrevido a dar el salto que yo nunca pude concretar—, estaban también en el parador al que acabábamos de llegar. No sé como lo lograron, pero llegaron primero que nosotros. Tremenda sorpresa fue para mí enterarme de que no solo habían rutas de autobuses de varios colores que viajaban al cielo, sino, que también en camiones, motonetas, triciclos, motocicletas y hasta a pie, se hacía el viaje. Fue un descanso saber, que por lo menos algunos, de los otros hijos pródigos, habían abandonado el autobús rojo, verde o púrpura, pero no el camino. Seguían en la ruta, hasta más motivados que yo, quien tenía todavía asiento fijo en el autobús verde.
Aquí comprendí que lo más importante no era el autobús o el destino mismo, sino el viaje. De tanto rodar dentro de una capsula —sin importar su color— le había perdido el gusto a la carretera, a la brisa fresca del camino o a ese aire de aventura con que todos empezamos. El autobús empezaba a correr nuevamente, pero yo le cedí mi asiento a un nuevo viajante.
Nunca di el salto, por lo menos, no definitivamente. Siempre me he mantenido cerca de algún autobús —por motivos de seguridad—. Lo que si hice fue comprar una bicicleta, para seguirles: de vez en cuando atrás, de cuando en vez delante, entre veces al lado. Semanalmente entro y salgo del autobús con frecuencia, sobre todo para saludar a mis hermanos, quienes se mantienen ahí dentro. Lo más importante es que seguimos siempre juntos, en el mismo camino.
El autobús es monótono y repetitivo, sus asientos son bastante incómodos, inaguantables. Descubrí que la mayoría de Los otros hijos pródigos no se había cansado del cristianismo, sino de la monotonía o de algún conductor abusivo. Dejé de hacer el vano esfuerzo por subirlos nuevamente y me dediqué a engancharlos al viaje. Algunos han comprado motores y corren al lado de los autobuses, otros se agrupan como manadas ambulantes y hacen el recorrido en patines (los he visto engancharse peligrosamente a la defensa de algún autobús), pero a fin de cuentas, vamos todos en la misma ruta.
En grandes autobuses, en motocicletas, triciclos o en pequeños grupos de patinadores, todos nos mantenemos juntos, en la ruta. Yo sigo usando mi bicicleta, con a ella me mantengo cerca de todos, y fresco, por la brisa del camino. Rumbo al cielo, pero disfrutando también el viaje. Quizás, después de todo, la dejadez actual en los creyentes sea solo asunto del calor.
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Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.
Los Salmos son expresiones emocionales que emanan de las convicciones de hombres muy profundos y a la vez sensibles como el rey David. Hombres que podían llorar ante la desesperación y al mismo tiempo encontrar consuelo en las firmes promesas de Dios.