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Dudas: las suyas y las mías

29 March 2006 : 11:46 am Rafael Pérez 724 views
Continuando el tema de ayer, sobre Los otros hijos pródigos, paso a hablar, en esta segunda parte, sobre mi salto hipotético y los percances de la ruta. Sin pretender hacer de esto un programa del Club 700, esta segunda parte tiene mucho de mi propia historia, quizás hasta un poco más que de la de ellos.

DudasCada cierto tiempo, después de cada parada, el autobús que me llevaría al cielo nuevamente emprendía la marcha. Yo nunca tuve el valor de saltar, o por lo menos, de saltar formalmente como lo hicieron Los otros hijos pródigos; aunque para ese tiempo ni me sentía cristiano ni vivía como tal. Aun así, asistir domingo tras domingo y participar en algunos de los programas de la iglesia (escuela bíblica, culto dominical y culto de jóvenes; ni muerto me verían en un culto de damas, caballeros o reunión de oración) me daba una sensación de seguridad. Ni me gustaba ni disfrutaba participar de esas actividades, pero no es fácil dejar de hacer aquellas cosas con las cuales echamos los dientes.

Tomé por años los programas de la iglesia como se toma un remedio: con la nariz cerrada y los ojos apretados. Pienso que dentro de las iglesias quedan muchas personas como yo, quienes permanecen ahí solo por costumbre (pueden ver un artículo sobre esto titulado Religión y costumbre) o falta de valor para dar el salto.

Ya que sería cobarde eternamente —pues en lo profundo de mí me sabía imposibilitado para saltar—, decidí que lo mejor era destacarme entre ellos, comencé a profundizar en la fe y de paso me inscribí en el Instituto Bíblico. Se me metieron como en los huesos unas ganas enormes de conocer la Biblia y leer diccionarios, comentarios bíblicos y sermones de grande predicadores (C. H. Spurgeon era mi favorito). Eso me dio un poco de fuerza y me mantuvo en el camino un tiempo más. Las dudas nunca se fueron, pero por lo menos me entretuve en la búsqueda del conocimiento y traté de ignorarlas. Dije una vez que las dudas funcionan como una bola de nieve, puedes ignorarlas, evitar pensar en ellas o hasta pretender creer que desaparecieron, pero ellas tienen vida en sí mismas en un mundo paralelo al nuestro, y aunque no las veamos, siguen creciendo y tarde o temprano nos visitarán nuevamente.

Para este tiempo ya no era solo un miembro más quien estaba siendo tentado a dar un salto, sino, un miembro si se quiere maduro, profundo y casi con un profesorado en teología colgando de la pared; pero con una duda atravesada en el alma tan viva y verde como el primer día. Dice la Biblia que «tus pecados te alcanzarán», pero las dudas también lo hacen. Paradójicamente, me dedicaba a guiar a otros en el camino, tratando de responder para ellos las mismas preguntas que yo cargaba en los bolsillos sin poder responder para mí mismo. También conversaba con Los otros hijos pródigos, buscaba en cada parada la manera de hacerlos recapacitar usando los viejos argumentos de «Cielo o Infierno» o «¡Cristo Viene Ya!», y estaba repleto de responsabilidades, predicando de iglesia en iglesia.

Tomando mi caso como pie de amigo, me he preguntando: ¿cuándo pastores, líderes o predicadores estarán al día de hoy haciendo el mismo esfuerzo que hacía yo por remover de la cabeza ajena las mismas dudas que ellos mismos tienen desde hace años y no pueden desprenderse?

Aparte de todo esto, yo tenía un compromiso moral con el cristianismo, pues cada vez que bajé del autobús e intenté convencer a Los otros hijos pródigos, les dije que yo si creía, que yo si la estaba pasando bien, que todavía seguía levantándome temprano la mañana del domingo ansioso por llegar a la iglesia y que nunca se acabe el culto (aunque la pereza que me provocaba meterme dentro de esas cuatro paredes ya se tornaba insoportable). Volver atrás ya no era una opción, por lo menos para mí.

Nuevamente al autobús empezaba a correr, pensé por un momento dejarlo ir —esta vez casi lo logro—, pero aceleré el paso para no perderlo. Subí nuevamente como en cada ocasión anterior: arrastrando el cuerpo. Cuando empezamos a alejarnos, corrí hacia el fondo y pude ver a la distancia, a través del cristal, la multitud de los otros hijos pródigos que habíamos dejado en esta parada. Ahí estaban ellos, contentos, descansados y seguros de haber dado ese gran paso que yo nunca podría dar.

La bola pica y se extiende. Esta es la segunda parte del tema que comencé ayer (Los otros hijos pródigos). Pensé completar este tema en dos artículos, pero tengo que dejar la presunta última parte para mañana, en una tercera entrega (aunque inicialmente lo pensé en dos, este tema terminó siendo una serie de tres artículos y un colofón. El primero fue Los otros hijos pródigos; el segundo —este mismo— acabó titulándose Dudas: las suyas y las mías; el tercero, Hacia el cielo en bicicleta; el colofón Cristiano, sin apellidos, llegó extrañamente primero que los demás).

Un Comentario »

  • marina said:

    creo que casi todos hemos pasado ´´por el que querer bajarnos del autobus´´,te puedo decir que me identifico mucho porque yo tambien he usado ´´el cielo y el infierno´´ y ´cristo viene pronto´´, con muchos que ya se han bajado del autobus,y asi mismo llega el momento en que ya ni los vemos,y la señora duda hace su aparicion ,estan mejor que yo y ya no estan en el camino?,tambien aparece el señor miedo, y si yo caigo como ellos?
    pero por alguna razon sabemos que estan mal y que estamos en lo seguro, no es facil es una lucha..te puedo decir que solo la misericordia de Dios nos mantiene en el autobus cuando nos invade el desanimo y nos sentimos tan hipocritas al predicarles a los que ya se bajaron..pero de alguna y otra forma el señor en su gran misericordia no nos deja que nos bajemos!

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