Cada cierto tiempo, después de cada parada, el autobús que me llevaría al cielo nuevamente emprendía la marcha. Yo nunca tuve el valor de saltar, o por lo menos, de saltar formalmente como lo hicieron Los otros hijos pródigos; aunque para ese tiempo ni me sentía cristiano ni vivía como tal. Aun así, asistir domingo tras domingo y participar en algunos de los programas de la iglesia (escuela bíblica, culto dominical y culto de jóvenes; ni muerto me verían en un culto de damas, caballeros o reunión de oración) me daba una sensación de seguridad. Ni me gustaba ni disfrutaba participar de esas actividades, pero no es fácil dejar de hacer aquellas cosas con las cuales echamos los dientes.
Tomé por años los programas de la iglesia como se toma un remedio: con la nariz cerrada y los ojos apretados. Pienso que dentro de las iglesias quedan muchas personas como yo, quienes permanecen ahí solo por costumbre (pueden ver un artículo sobre esto titulado Religión y costumbre) o falta de valor para dar el salto.
Ya que sería cobarde eternamente —pues en lo profundo de mí me sabía imposibilitado para saltar—, decidí que lo mejor era destacarme entre ellos, comencé a profundizar en la fe y de paso me inscribí en el Instituto Bíblico. Se me metieron como en los huesos unas ganas enormes de conocer la Biblia y leer diccionarios, comentarios bíblicos y sermones de grande predicadores (C. H. Spurgeon era mi favorito). Eso me dio un poco de fuerza y me mantuvo en el camino un tiempo más. Las dudas nunca se fueron, pero por lo menos me entretuve en la búsqueda del conocimiento y traté de ignorarlas. Dije una vez que las dudas funcionan como una bola de nieve, puedes ignorarlas, evitar pensar en ellas o hasta pretender creer que desaparecieron, pero ellas tienen vida en sí mismas en un mundo paralelo al nuestro, y aunque no las veamos, siguen creciendo y tarde o temprano nos visitarán nuevamente.
Para este tiempo ya no era solo un miembro más quien estaba siendo tentado a dar un salto, sino, un miembro si se quiere maduro, profundo y casi con un profesorado en teología colgando de la pared; pero con una duda atravesada en el alma tan viva y verde como el primer día. Dice la Biblia que «tus pecados te alcanzarán», pero las dudas también lo hacen. Paradójicamente, me dedicaba a guiar a otros en el camino, tratando de responder para ellos las mismas preguntas que yo cargaba en los bolsillos sin poder responder para mí mismo. También conversaba con Los otros hijos pródigos, buscaba en cada parada la manera de hacerlos recapacitar usando los viejos argumentos de «Cielo o Infierno» o «¡Cristo Viene Ya!», y estaba repleto de responsabilidades, predicando de iglesia en iglesia.
Tomando mi caso como pie de amigo, me he preguntando: ¿cuándo pastores, líderes o predicadores estarán al día de hoy haciendo el mismo esfuerzo que hacía yo por remover de la cabeza ajena las mismas dudas que ellos mismos tienen desde hace años y no pueden desprenderse?
Aparte de todo esto, yo tenía un compromiso moral con el cristianismo, pues cada vez que bajé del autobús e intenté convencer a Los otros hijos pródigos, les dije que yo si creía, que yo si la estaba pasando bien, que todavía seguía levantándome temprano la mañana del domingo ansioso por llegar a la iglesia y que nunca se acabe el culto (aunque la pereza que me provocaba meterme dentro de esas cuatro paredes ya se tornaba insoportable). Volver atrás ya no era una opción, por lo menos para mí.
Nuevamente al autobús empezaba a correr, pensé por un momento dejarlo ir —esta vez casi lo logro—, pero aceleré el paso para no perderlo. Subí nuevamente como en cada ocasión anterior: arrastrando el cuerpo. Cuando empezamos a alejarnos, corrí hacia el fondo y pude ver a la distancia, a través del cristal, la multitud de los otros hijos pródigos que habíamos dejado en esta parada. Ahí estaban ellos, contentos, descansados y seguros de haber dado ese gran paso que yo nunca podría dar.
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Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.
Los Salmos son expresiones emocionales que emanan de las convicciones de hombres muy profundos y a la vez sensibles como el rey David. Hombres que podían llorar ante la desesperación y al mismo tiempo encontrar consuelo en las firmes promesas de Dios.