Comencé a leer cuentos cuando inicié en el ministerio. Recuerdo que en el instituto bíblico tomé Homilética I con el libro de Floyd Woodworth, La escalera de la predicación. Este recomendaba incluir en la predicación anécdotas e ilustraciones para enriquecer los puntos, y como buen estudiante, siguiendo el consejo, me dediqué entonces a tomar los escritos del cuentista dominicano, Profesor Juan Bosch, para ilustrar mis enseñanzas.
Veo en este género un recurso interesantísimo para estimular la conversación, que es lo que vengo haciendo desde hace tiempo con los artículos que dejo rodar por aquí y por allá. Cuando dos personas leen un cuento, encuentran en él diferentes cosas, algunas similares, otras diferentes; a veces hasta contradictorias. Un artículo va directo al punto, es una línea recta llena de señales de transito donde el riesgo de perderse en el camino indicado es mínimo. Basta unir los puntos para encontrar la imagen. Al contrario de este, el cuento es en gran parte subjetivo, una cosa es la historia que yo pretendo contar y otra, muy diferente, la que el lector termina leyendo, o mejor dicho, imaginando.
Cuando escribo un cuento solo le estoy pasando al lector los elementos para que este componga la historia en su cabeza, con sus colores, sus experiencias, su percepción de las cosas, su contexto cultural, su edad y hasta su sexo. Con relación a esto último, siempre he pesando que las mujeres ven algo más en cada historia. Si lee que el personaje llevaba pantalones oscuros, camisa opaca y tirantes, es posible que un hombre solo comprenda que está vestido, pero en cambio, las mujeres le ponen el almidón a la camisa, las pinzas al pantalón y hasta ajustan los tirantes. De ser posible también le colocan mocasines, a juego con la correa.
Me interesa poner este genero al servicio del cristianismo, pero no solo esto, sino, como con las demás letras que junto, crear algo literariamente relevante. Ya lo dije una vez, solo repito: no quiero escribir para solo entregar buen contenido, sino, guardarlo dentro de un envoltorio de letras elegante, pertinente y atractivo, si se puede con moña, mejor.
Con relación al cuento, no intento solo colar verdades o moralinas en la boca de un personaje, pues si así fuera las pondría en la propia. Donde veo un gran potencial es en dejar que por medio de los elementos del cuento el lector saque sus propias conclusiones, que se vea en el espejo de un personaje o encuentre una coyuntura que le haga sombra y reaccione como bien le parezca.
Me gusta del cuento que es un recurso a largo plazo, al contrario de un artículo, este no va directo al punto para dejarlo caer de golpe y porrazo, sino, que guarda una serie de verdades dentro de una envoltura de celofán. Al final, quizás el lector no encuentre nada de valor en él, pero puede ser que al otro día, en una semana o veinte años, lo lea de nuevo y de algún modo le resulte útil. En el cuento las ideas importantes no están a flor de piel, o en la superficie, más bien están matizadas, guardadas entre líneas, para encontrarlas hay que leer a contraluz.
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En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.
Los Salmos son expresiones emocionales que emanan de las convicciones de hombres muy profundos y a la vez sensibles como el rey David. Hombres que podían llorar ante la desesperación y al mismo tiempo encontrar consuelo en las firmes promesas de Dios.