Tengo pendiente desde hace un buen tiempo cerrar los comentarios de algunas entradas, entre ellos, los del G12. Dije una vez que una de las razones por las cuales mantengo este espacio en la red es la conversación, esa actividad que se da de forma natural entre personas y que en algunos casos puede ser fructífera y en otros no. La razón que tengo ahora para cerrar esos comentarios es la misma: no son conversaciones, sino voces dispersas en más de 400 comentarios donde en casi un año después que comenzaron sonar no se ha logrado casi nada. Eso si, los conflictos, las ofensas y los gritos no han faltado.
Con otras entradas es diferente a las del G12. Lo que ocurre en estos casos es que se pierde el hilo de la conversación y me encuentro con personas solicitando prestamos con sus datos personales —esto fue en una entrada titulada «El banco de los pobres»— o solicitudes de material a ministerios de los cuales he hablando.
Otra de las razones, con igual importancia para mí, es el tiempo. Ayer, por ejemplo, tuve que eliminar casi veinte comentarios de SPAM, palabras obscenas y asuntos fuera de lugar. Deseo invertir el poco tiempo que tengo en las conversaciones fructíferas y en responder los asuntos que de verdad tienen valor. Dejaré abiertos los comentarios en las entradas mencionadas hasta el día de mañana, si a alguien después de casi 500 comentarios le falta algo por decir, este es el momento. Todas las otras entradas (casi 700) quedan abiertas para seguir conversando.
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En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.
Los Salmos son expresiones emocionales que emanan de las convicciones de hombres muy profundos y a la vez sensibles como el rey David. Hombres que podían llorar ante la desesperación y al mismo tiempo encontrar consuelo en las firmes promesas de Dios.