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Religión y costumbre

Rafael Pérez 24 February 2006 : 11:53 am 1,332 Lecturas

ReligionHe escuchado varias veces aquel comentario de que todas las religiones se basan en el temor, el miedo o los beneficios futuros. El cielo, una mejor vida (en la otra vida) o un paraíso de vírgenes y sábanas de seda. Tengo la sospecha de que el elemento más fuerte con que cuentan todas las religiones no es el miedo o el beneficio futuro, sino, que el hombre es un ser de hábitos y costumbres. Algo que todos tenemos dentro nos obliga a seguir haciendo eternamente aquellas cosas que hacíamos desde no se sabe cuando aunque ya ellas no tengan sentido para nosotros. Esta puede ser una definición simple de religión: costumbre.

De vez en cuando me dejo tentar por las cifras frías que cuentan del crecimiento de determinado credo, y me pregunto: ¿Cuántos de los encuestados seleccionarán X o Y religión solo porque en algún momento de sus vidas visitaron una escuela bíblica de verano, una mezquita o peregrinaron a algún lugar sagrado? Pero lo que es peor, y más alarmante desde mi punto de vista, ¿para cuantos creyentes de los que veo domingo tras domingo en mi iglesia, el cristianismo sigue siendo relevante? Es más, me atreveré a decir que muchos de los asistentes más fieles ya dejaron de creer hace tiempo en el cielo o el infierno, por lo que el temor o el beneficio ya no es la razón por la cual siguen asistiendo, sino por costumbre, simple y llana costumbre.

Bromeaba con un amigo pastor y le decía que tengo medida la mente evangélica y nuestra banco-dependencia. Podemos reunirnos una o dos semanas a la orilla del mar, en las casas o hasta en una barca como hacía el maestro con sus discípulos. Pero a la tercera semana algo nos sube por dentro, esa religión (costumbre) que cargamos en los tuétanos nos pide bancos, paredes y púlpitos, es casi imposible llegar sin ellos a la tercera semana.

Algunas congregaciones se ufanan por proyectar lo poco religiosas o convencionales que son. Pintan de verde lumínico las paredes del fondo, remueven los bancos de madera para colocar asientos amarillos – reclinables –, cambian el púlpito de caoba por uno de cristal y para cerrar con broche de oro, el pastor no predica en traje formal, sino, en pantalones cortos y camisas hawaianas. ¡Pero en el fondo, todos es igual a como lo hacíamos hace 500 años! ¡No hay ninguna diferencia significativa!

Quizás nosotros entreguemos el programa de la semana en papel y ellos con Datashow, o letreros de neón, pero todos hacemos lo mismo, aunque con diferentes formas y colores. Esos genes religiosos que llevamos en la sangre se encargan de estandarizar la cristiandad, de limitar nuestros movimientos. Así lo aprendimos y sí lo seguiremos haciendo; pero para sentirnos bien con nosotros mismos, en vez de colgar una cruz en el techo o llenar las columnas de santos, colgamos versículos bíblicos en las paredes.

En la práctica, muchos creyentes inicialmente llegaron a Cristo por temor o desesperación. Paradójicamente, en un año o dos esa desesperación fue superada y el temor ya no es lo que era, pero siguen tan fieles como el primer día, la costumbre los mantiene sentados en sus bancos. Realmente las iglesias no están llenas de hombres atemorizados que se congregan por evitar el infierno o para ganar el cielo, sino, de seres de hábitos y costumbres, como lo somos todos.



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