Hay muchos parámetros para medir el liderazgo, algunos lo miden por su influencia, otros lo hacen por la cantidad de personas que le siguen. Hay una métrica que regularmente no se toma en cuenta y es la que hoy ha llamado la atención: La elegancia al introducir cambios.
La mayor habilidad que puede desarrollar un líder es conseguir cambios significativos logrando el menor trauma posible. Conseguir cambios no es difícil, eso lo logrará cualquiera que ostente poder o recursos, ahora bien, lograr esos mismos cambios sin abusar del poder ni derrochar recursos, solo lo logran los más grandes. Regularmente me encuentro con personajes como Hitler, u otros dictadores contemporáneos, figurando como ejemplos de grandes líderes mundiales. Al parecer, el desarrollado que alcanzaron sus naciones junto a ellos, a cualquier precio, fue el salvoconducto que los dirigió al salón de la fama. Pero miren hacia atrás, vean el sacrificio, de esa forma y a ese precio cualquier mortal lo hubiera hecho. La línea de sangre o abusos que dejaron las ruedas de su maquinaria sobre el camino, no justifica su avance o movimiento, al contrario, los reprueba.
Los líderes que no desarrollan esta importante habilidad (introducir cambios a bajo costo) son peligrosos, pues no escatiman esfuerzos para impulsar sus proyectos. Cada iniciativa de un líder es un desafío personal, eso no es orgullo o vanidad, pero forma parte de su personalidad: se desafían constantemente a logran más para su gente, su pueblos o sus naciones. El riesgo está en colocar los beneficios por encima de los beneficiarios, esto ocurre cuando se quitan los ojos de la gente para colocarlos sobre el proyecto mismo. Aquí entra en juego el orgullo y la vanidad. Creo que hay lideres a quienes no les importa mucho el futuro de sus pueblos, más bien están centrados en su legado, en lo que una nación alcanzará bajo su mandato, su proyecto personal.
Es bien fácil pasar de una posición radical a una extremista. Si el líder no esta muy atento a si mismo, o no tiene alguien fuera del problema que lo mantenga avispado, llegará allá sin darse cuenta. El extremista es un radical que se mantuvo sobre una posición más tiempo del que era prudente, teniendo o no teniendo la razón. Inicialmente sus movimientos eran justificados por la posición justa que mantenía o defendía, consiguió seguidores para su causa y se sintió acompañado. Pero luego, cuando las herramientas que utilizaba para su defensa se volvieron repetitivas o, como es de esperar, se desgastaron, perdió el apoyo de quienes inicialmente le siguieron, vino la soledad del poder, y se acuarteló con algunos fieles (lo más cercanos) en una esquina distante desde donde no puede conseguir ningún cambio significativo, pero sigue llamando la atención: detonando bombas, por ejemplo.
La vida del líder es un juego de posiciones y oportunidades, donde no se trata solo de apostar a las mejores o rechazar las menos ventajosas, sino, de tomar las mejores (o en algunos casos las peores) durante un tiempo justo y saber hasta donde sostenerlas. Tener la razón, por ejemplo, es una posición ventajosa, pero exigir esa razón durante tiempo indefinido y girar cheques morales constantemente en base a ellas puede llevarle a la ruina.
Hay muchos buenos planes y proyectos que no son saludables, ya sea porque no les ha llegado su tiempo o porque sus beneficiarios no los entienden. En algunos casos hay que imponer el proyecto por encima del beneficiario, cuando son asuntos de vida o muerte, por ejemplo. Cortar una pierna no es un proyecto agradable para el paciente, pero al medico no le tiembla la mano, pues su salud a largo plazo es más importante, podría morir de cáncer. Pero casos como estos son bien extraños, no se firma una orden para amputar miembros como se firma la receta de una aspirina.
Todos tomamos posiciones, correctas o incorrectas; dolorosas o felices; a su justo tiempo, cuando están maduras, o a destiempo, apresuradamente. La muestra más grande de liderazgo es saber desmontarse elegantemente de una posición (buena o mala) poniendo la gente por encima del proyecto. Saltar de una posición a otra no humilla, al contrario, eleva a cualquier líder. Mucho más, cuando se hace para colocar al beneficiario por encima de los proyectos personales. Cuando hay puntos de vistas enfrentados entorno a un proyecto, alguien tiene que ceder, regularmente el que más da su brazo a torcer es el que más ama a su pueblo, a su gente o a su nacón. Su sacrificio, a mediano plazo, no será recordado como una vergüenza, sino como un honor.
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Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
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Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.
Los Salmos son expresiones emocionales que emanan de las convicciones de hombres muy profundos y a la vez sensibles como el rey David. Hombres que podían llorar ante la desesperación y al mismo tiempo encontrar consuelo en las firmes promesas de Dios.