Ayer, saliendo de la oficina, rumbo a mi casa, abordé un taxista cristiano. Era un señor moreno de mediana edad, entre cincuenta y sesenta, con cara evangélica y gorra a media cabeza, no ajustada totalmente. Tengo un ojo clínico para este tipo de rostros, los reconozco a distancia.
Hace unas semanas, por ejemplo, me encontré en el ascensor con una joven a la que veo salir regularmente. Nunca me ha dicho que es cristiana, pero su rostro habló por ella. Aunque usa unas gafas grandes, de las que cubren media cara, no se me pudo escapar. Permanecí con la espinita de la duda por semanas hasta que hace unos días una Biblia diminuta salió disparada de su apretada cartera. Me apresuré a recogerla del piso para entregársela con gesto de complicidad, como queriéndole dar a entender: lo sé, ya me habia dado cuenta.
El rostro evangélico es seco, poco expresivo y un tanto liso. Las rayas que se acostumbran a ver entre la juntura de los labios y las mejillas, para marcar una sonrisa, son escasas en la mayoría de los casos. Los evangélicos muy pocas veces sonreímos, cuando lo hacemos solo apretamos las mejillas, denotando un gran esfuerzo, para dejarlas caer bruscamente, un gesto mecánico.
Otra característica común, y al mismo tiempo otra de las pistas por donde nos delatamos, es nuestra forma tosca de relacionarnos con la gente. Por lo regular, en un grupo de personas todo el mundo participa de la conversación, pero los evangélicos no. Nuestro elitismo nos obliga a mantenernos al margen, bien distantes. Para excusarnos a nosotros mismos decimos cosas como: esa conversación no edifica. Cuando hablamos, aunque el tema sea la serie final de béisbol, soltamos solo versículos o reprimendas, en esto nos destacamos. Podemos hablar de béisbol, de cine o hasta de política, pero entre nosotros, los de la nube, con los demás solo compartimos versículos, tratados y llamados al arrepentimiento.
Volviendo al taxista mencionado, solo hice cerrar la puerta para que sin preguntar mi nombre o saludar, comenzara a evangelizarme como una maquina. No me dio tiempo a decirle que ya estoy en la nube, tampoco intenté detenerlo, no era posible. Durante media hora estuvo vociferando versículos y reprimendas hasta que llegó a saturarme. De cuando en cuando tomaba por las orejas una Biblia grande con forma de maletín y hacía el intento de abrirla, como para recargar la pistola y seguir disparando.
Llegando a mi casa, mientras pedía la tarifa del servicio, pude decirle que también era cristiano. Apretó las mejillas para amagar una sonrisa, me confesó que pronto va a ser pastor y evangelista (pues al parecer su iglesia está por dividirse), y se disculpó conmigo por hablar de Dios sin quitarse la gorra. Así de pintorescos somos nosotros, la gente de la Biblia grande, las sonrisas apretadas y las caras largas.
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Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.
Los Salmos son expresiones emocionales que emanan de las convicciones de hombres muy profundos y a la vez sensibles como el rey David. Hombres que podían llorar ante la desesperación y al mismo tiempo encontrar consuelo en las firmes promesas de Dios.