Uno te los temas que estuve compartiendo fin de semana antes pasado, en Pedernales, fue La alegría de ser cristianos. Les hablaba a los hermanos de la forma extraña en que nos comportamos los creyentes en nuestra relación con Dios, nuestro padre. A diferencia de cualquier relación normal, entre padres e hijos, la nuestra con Dios no es de alegría o felicidad, sino, de lágrimas, llanto y quebranto. Nos comportamos como si la primera reacción de un hijo al encontrarse en la presencia de su padre fuera gritar, nublar los ojos.
Escucho a los hermanos decir: El culto de hoy estuvo hermoso, se sintió la presencia de Dios, todos estallamos en llantos. Pero por más que lo intento no logro conciliar esa idea de hijos llorando en la sala cuando su padre toca la puerta, con la imagen del Dios de amor que trae gozo, paz y alegría a la vida de quienes formamos parte de su familia. Es cierto, tenemos un buen padre que sabe disciplinarnos y castiga al hijo prudentemente, pero esa no debe ser la situación regular o la más común, un hijo no está eternamente de castigo. Cuando llega el padre, normalmente, sus pequeños esperan ansiosos a ver si trajo algún dulce.
Alguien testificaba con dolor que al llamar su hijo este siempre acudía a su presencia asustado, con el rostro compungido como si estuviera a punto de recibir una golpiza. Tuvo que confesar que se había malacostumbrado a solo llamarlo para corregirlo, nunca para acariciarlo. Cuando él lo llamaba, su hijo nunca esperaba un beso, al contrario, venía preparado para sentir la vara, la voz agresiva y las expresiones hirientes.
Sé que de un padre amoroso recibiremos corrección, reprensiones y hasta castigos; pero prefiero sus caricias, su consuelo y ese gozo que sobrepasa todo entendimiento. No quiero pertenecer a una familia de niños maltratados, temerosos o traumados, prefiero la familia de amor, de cariño y abierta confianza que nos dejó Jesús. Cuando vamos a su presencia Dios no espera lágrimas, preparemos nuestra mejor sonrisa, llenémonos de la alegría que tienen los hijos cuando se encuentran con sus seres queridos. No hay algo más desesperante que un niño gritón, mucho más desesperante es si sus gritos no tienen ninguna causa.
Las lágrimas no son una manifestación espiritual, o parte de los frutos del espíritu. Le decía a los hermanos, en la enseñanza mencionada, lo mismo que pablo les escribía a los filipenses:
Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: !!Regocijaos!!
Es como si el apóstol quisiera decirles: Estén siempre sonrientes, otra vez digo: ¡¡Sonrían!! A resumidas cuentas, de eso se trata el evangelio. Hermano, pásala bien.
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Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.
Los Salmos son expresiones emocionales que emanan de las convicciones de hombres muy profundos y a la vez sensibles como el rey David. Hombres que podían llorar ante la desesperación y al mismo tiempo encontrar consuelo en las firmes promesas de Dios.