En días pasados escribí sobre el paralítico que recibió un regalo (Juan 5), hoy, aunque ya lo había hecho la semana pasada, volví a leerlo. Quedé sorprendido al encontrar en la misma historia una reacción clásica de los religiosos cuando este pobre hombre tomó su camilla y comenzó a andar. Así sucedieron las cosas:
Al instante aquel hombre quedó sano, así que tomó su camilla y echó a andar. Pero ese día era sábado. Por eso los judíos le dijeron al que había sido sanado: Hoy es sábado; no te está permitido cargar tu camilla. Juan 5:9,10 NVI
¡Que abuso! Con que cara se le pide a un hombre que hace 38 años no pisa el suelo con sus pies por sus propios medios, que vuelva a colocar su camilla en el piso, le tienda una sábana encima y ponga cara de enfermo, nuevamente. Parece raro, pero eso es el modo de actuar de los religiosos. A ellos no les importa el milagro, no les importa la alegría de este hombre, lo único que les interesa es hacer cumplir sus prejuicios, sus tradiciones y la interpretación personal que tienen ellos de las escrituras, sobre cuanta persona tengan cerca.
Quizás, los mismos que querían paralizar nuevamente a este hombre sanado, necesitaban un milagro. Puedo pensar que alguno podía estar enfermo, aunque sea del alma o de la lengua, pero no preguntaron donde podían encontrar a Jesús, para ser sanos, sino, escarbando sobre el cemento, anhelaban hallar otra excusa, para atacarle.
Esta escena se repite semana tras semana en muchas congregaciones. Una gran cantidad de hombres sanados (algunos nuevos creyentes) se reúnen a adorar a Dios. Ellos están felices, pues han sido liberados de la atadura del pecado al encontrarse con Jesús recientemente. En la puerta del templo, están los religiosos. Los esperan para mandarlos a recostar nuevamente sobre la camilla, utilizando sus prejuicios y tradiciones: un pantalón, unos aretes, el maquillaje, y otras tantas trivialidades. Por eso es que las iglesias nunca dejan de ser hospitales, Jesús los sana y nosotros los volvemos a enfermar.