En días pasados escribí sobre el paralítico que recibió un regalo (Juan 5), hoy, aunque ya lo había hecho la semana pasada, volví a leerlo. Quedé sorprendido al encontrar en la misma historia una reacción clásica de los religiosos cuando este pobre hombre tomó su camilla y comenzó a andar. Así sucedieron las cosas:
Al instante aquel hombre quedó sano, así que tomó su camilla y echó a andar. Pero ese día era sábado. Por eso los judíos le dijeron al que había sido sanado: Hoy es sábado; no te está permitido cargar tu camilla. Juan 5:9,10 NVI
¡Que abuso! Con que cara se le pide a un hombre que hace 38 años no pisa el suelo con sus pies por sus propios medios, que vuelva a colocar su camilla en el piso, le tienda una sábana encima y ponga cara de enfermo, nuevamente. Parece raro, pero eso es el modo de actuar de los religiosos. A ellos no les importa el milagro, no les importa la alegría de este hombre, lo único que les interesa es hacer cumplir sus prejuicios, sus tradiciones y la interpretación personal que tienen ellos de las escrituras, sobre cuanta persona tengan cerca.
Quizás, los mismos que querían paralizar nuevamente a este hombre sanado, necesitaban un milagro. Puedo pensar que alguno podía estar enfermo, aunque sea del alma o de la lengua, pero no preguntaron donde podían encontrar a Jesús, para ser sanos, sino, escarbando sobre el cemento, anhelaban hallar otra excusa, para atacarle.
Esta escena se repite semana tras semana en muchas congregaciones. Una gran cantidad de hombres sanados (algunos nuevos creyentes) se reúnen a adorar a Dios. Ellos están felices, pues han sido liberados de la atadura del pecado al encontrarse con Jesús recientemente. En la puerta del templo, están los religiosos. Los esperan para mandarlos a recostar nuevamente sobre la camilla, utilizando sus prejuicios y tradiciones: un pantalón, unos aretes, el maquillaje, y otras tantas trivialidades. Por eso es que las iglesias nunca dejan de ser hospitales, Jesús los sana y nosotros los volvemos a enfermar.
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Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.
Los Salmos son expresiones emocionales que emanan de las convicciones de hombres muy profundos y a la vez sensibles como el rey David. Hombres que podían llorar ante la desesperación y al mismo tiempo encontrar consuelo en las firmes promesas de Dios.