Por una mudanza de oficina, en el trabajo, me vi la semana pasada leyendo y echando a la basura un montón de papeles de los que acostumbro acumular. En un fólder titulado pendientes, encontré con asombro un viejo pensum del instituto bíblico.
Los papeles como este tienen el poder de trasladarnos, años hacia atrás en el pasado. No pude lanzarlo al zafacón, guiándome de la inexistente posibilidad (perdonen la contradicción, quizás al final entiendan) de que algún día me anime a reingresar al instituto, lo dejé en la gaveta de arriba. Aun así, no pude evitar recordar, al ver los puntos al lado de casi todas las materias (pues era así como marcaba las completadas: con un punto negro), la cara de muchos profesores, compañeros de estudio como el hermano Manuel Peña o Darío Perdomo, grandes amigos, y hasta la hermana Tita, quien fuera o es la directora.
Parece que dejé de marcar este documento por el 2000, y quizás, había tenido importancia para mí desde el 1998, año en el que si mal no recuerdo, me matriculé como estudiante del profesorado en teología. Los puntos de los primeros años, o lo que es lo mismo, de las primeras materias, los recuerdos con alegría; los de en medio, con cansancio; y los últimos, con pereza. Recuerdo el primer día de clases, un sábado, esperé ese día con ansias como si de un viaje se tratara, y así fue. Todo un viaje de exploración de esos que te marcan la vida, lamentablemente, me desmonté del bus antes de llegar al final, pero por eso no pierdo lo disfrutado.
Recuerdo las amanecidas que dimos en el templo, haciendo tareas: Manuel, José Ramón (el amigo que me animó a inscribirme, y quien, paradójicamente, se desinteresó del viaje antes que su invitado) y yo. El profesor Juan Santos, con quien tomamos Pentateuco y libros históricos. No sé por qué, pero tengo una relación mental entre él y Pablo Hoff, el autor de los libros con que impartía la asignatura. Será por lo mucho que lo mencionaba.
Una vez nos dejó de tarea hacer una maqueta del tabernáculo. Me auxilié de mi amigo Daniel Adón, un diseñador industrial, para sorprender a Juan Santos con la tarea asignada. Pasamos dos tardes y media leyendo el libro de Éxodo y tratando de determinar cuantas pulgadas representaba un codo (medida mencionada en la Biblia). Luego, tal como hizo Moisés, cubrimos el tabernáculo con sus respectivas capas de diversos colores. El sábado siguiente llegué orondo a mi clase, con mi maqueta a cuestas. Para sorpresa mía, el profesor no solo veía la obra por fuera, sino, que lo que primero hacia era levantar las capas para ver los utensilios que estarían dentro. ¡Mi tabernáculo estaba vacío! Nos concentramos tanto en hacer una réplica exacta de sus dinteles y partes externas que olvidé hacer la mesa de los panes, el candelabro, los ángeles y demás objetos no visibles, si olvidar el arca del pacto.
Salí corriendo a un colmado (bodega) que nos quedaba al frente y compré cuatro pastas de jabón. Con ellas, tallé apresuradamente dos Ángeles regordetes, una mesa, doce panes y hasta el arca del pacto. Cuando el profesor se encontró con mis utensilios, solo pudo sonreírse, soltó su acostumbrada risita entre los dientes y repitiendo varias veces: ¡Lo hizo de jabón!, me calificó con un cien.
Realmente son muchos, y buenos, los recuerdos que tengo de mis años en el instituto bíblico. Hoy, mientras pensaba en un posible reingreso, me di cuenta que lo que necesito para volver a completar las materias faltantes (las que no tienen el punto) no es fuerza de voluntad, ni el abandono de la pereza que me mató hacia el final. Lo que necesito para volver, es ser otro que ya no soy yo. Me matriculé en el 98, con dieciséis años, anhelando colocar en la pared un titulo de de profesor en teología antes de los 20, justo ahora me doy cuenta de la vanidad de mi meta. Quería saber mucho para deslumbrar a mis hermanos, entregándoles mensajes teológicos de los que solo inflan la cabeza. Quizás por eso comencé con tantas fuerzas, para terminar cansándome antes del final.
No vuelvo al instituto bíblico porque no quiero seguir complicando mi fe, conociendo a Dios por pedazos como si fuera un rompecabezas, o una rata de laboratorio al estudio de científicos de bata blanca. Lo que menos deseo ahora es aprender a leer la Biblia en los originales, o predicar mensajes homiléticos con introducción, preposición, tres puntos y conclusión emotiva. Quiero vivir y predicar el cristianismo simple y sencillo que recibieron un puñado de pescadores en el siglo primero, de la mano de Jesús. Quiero conocer y disfrutar de Dios como lo hicieron ellos: hecho hombre, personalmente, no a través de los libros.
Creo que se trata de eso, y no de otra cosa, como dijo Neruda en el poema 20:
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.
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Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.
Los Salmos son expresiones emocionales que emanan de las convicciones de hombres muy profundos y a la vez sensibles como el rey David. Hombres que podían llorar ante la desesperación y al mismo tiempo encontrar consuelo en las firmes promesas de Dios.