Mientras venía de una diligencia, rumbo al trabajo, le pasé por el lado a una monja. Por como están las cosas, con el aumento de la delincuencia, no soy muy dado a detenerme, o transportar desconocidos. Pero a fin de cuentas no creo que ningún criminal esté dándose el lujo de andar caminando las calles con hábito, bajo el sol picante del medio día. Me detuve y le pregunté que hacia donde iba, estaba en la ruta a mi trabajo. Decidí llevarla.
En el camino me atreví (no sin apuros), a indagar en Sor Ángeles, el cual era su nombre, cómo era el verdadero estilo de vida de las monjas. Esta curiosidad la venía cargando desde hace años, pues estudié en un colegio católico donde muchas de las maestras eran monjas. Escuchaba de niño, de boca de mis compañeros de aula, todo tipo de cuentos e historias raras del mundo de ellas, desde su acomodado estilo de vida hasta los refrigeradores repletos de comida que mantenían a puertas cerradas. Pensándolo bien, algún gusto debían darse las pobres mujeres, ya es mucho pedirles que se mantengan sin marido, que también mal coman sería un abuso.
Las monjas siempre me han parecido interesantes, algo tendrá esto que ver con un amor platónico que tuve en mi infancia. Me enamoré perdidamente de una de ellas, la cual para la ocasión venía a ser mi profesora. Pero esa es otra historia. Baste con decir que con los ocho o nueve años con que disponía para esos tiempos, no creo que hubiera bastado, ni haciendo mi mejor esfuerzo, para que mi musa colgara el hábito definitivamente al fijarse en mí.
Le mencioné la anécdota que le leí a Javier Marías en su libro Literatura y Fantasma, sobre la preferencia que tienen los curas y frailes hacia la literatura de terror, la cual ya mencioné en otra ocasión. Me respondió que el caso de las monjas es distinto, pues como viven para servir, se mantienen en contacto permanente con el terror, personalizando en la gente de la comunidad. Aprovechó para contarme, con su acento español, algunas de las ocurrencias de los adolescentes con los cuales trabaja, bastante interesantes por cierto.
Fue buen viaje este que hice junto a la monja, realmente me sorprendió primero que se transportara por su propios medios del sitio donde trabajaba hacia el lugar donde vivía. Pero con lo que me contó de la vida comunitaria y su distante familia española, no pude hacer menos que asombrarme. Esta señora, que debía andar cerca de los sesenta años, ha dedicado su vida por completo a la enseñanza de los niños y al trabajo en hospitales.
Dejando a un lado los prejuicios religiosos, puedo decir que a nosotros, que estamos del otro lado de la acera, debería por lo menos motivarnos un ejemplo como este. Es muy bueno decir que ellas hacen eso solo por alcanzar la salvación, por medio de las obras, pero la verdad hay que decirla, y es que nosotros, con nuestra salvación solo por gracia, no le damos ni por los tobillos en cuanto a servicio social. Una excelente aproximación, por lo menos para mí, a otra de las caras del cristianismo.
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Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.
Los Salmos son expresiones emocionales que emanan de las convicciones de hombres muy profundos y a la vez sensibles como el rey David. Hombres que podían llorar ante la desesperación y al mismo tiempo encontrar consuelo en las firmes promesas de Dios.