Leía hoy, en mi estudio personal, la historia del paralítico que esperaba un milagro en el estanque de Betesda. Es una historia bastante rara. Junto al paralítico, había también una multitud de necesitados que esperaban lo mismo que él, un milagro. Se complica todavía más, pues al parecer tenían una tradición que decía que de tiempo en tiempo un ángel agitaba el agua y el primero en entrar al estanque recibía el único milagro que daría el enviado divino ese día. A fin de cuentas era eso: un milagro, un determinado día, para una única persona. No pude evitar verme a mí mismo en ese hombre.
Por defecto, el paralítico estaba fuera de la competencia. Era mucho más probable que el ciego, el de la mano seca o cualquier otro enfermo con mejores piernas llegara primero. Aparte de esto, ¿quien sacrificaría su oportunidad para cargar con un paralítico? Ningún hombre piensa en otro cuando se habla de ventajas.
Jesús le preguntó si quería ser sano y parece que el paralítico pensó que un buen hombre (cosa extraña) estaba dispuesto a esperar con él por tiempo indefinido la llega del ángel para salir corriendo a lanzarlo al estanque, cuando se moviera el agua. Aquí esta la justicia del reino, Jesús le devolvió la salud sin tener que competir. Últimamente me he deleitado viendo al maestro entregar regalos a personas que de otro modo no podrían conseguirlos, sea a un ladrón, en la cruz, o a un paralítico, en un estanque.
Me veo a mi mismo en la historia de este hombre, pues por mis propios puntos nunca hubiera sido posible que yo consiguiera el milagro. Yo no lo merecía, pero de eso se trata este reino, Jesús entregando regalos a personas que de otro modo no podrían conseguirlo. El paralítico no tuvo que correr más rápido que los demás ni mojar sus ropas en el estanque, solo tomó su regalo con una mano y su camilla con la otra, y comenzó a andar.
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En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.
Los Salmos son expresiones emocionales que emanan de las convicciones de hombres muy profundos y a la vez sensibles como el rey David. Hombres que podían llorar ante la desesperación y al mismo tiempo encontrar consuelo en las firmes promesas de Dios.