Muchas veces he dicho que la herencia del siglo pasado son unos gordos libros de teología bíblica y sistemática. Ese fue nuestro orgullo y de eso hicimos alarde. En cierto modo fuimos más reaccionarios que cristianos, pues pensamos que por el avance de la ciencia el evangelio se haría irrelevante, o de plano ridículo. Si ya estábamos viajando a la luna no podíamos seguir hablando simplemente de un tal Jesús, ¡Hagamos una ciencia!
Nuestra herencia es peligrosa, no mala. Nos legaron un Dios tipo rompecabezas partido en mil pedacitos de papel repartido en muchos libros. Si quieres conocer a Dios tendrás que ir al seminario. Es bien triste, pero los grandes hombres de Dios en el siglo veinte no fueron los que tuvieron un gran corazón, sino los que lucieron una gran cabeza. El mayor no era el que más amaba, sino el que tenía mucha doctrina y podía deslumbrar la congregación con estudios bíblicos profundos, gracias a ellos tenemos una iglesia hidrocefálica, con la cabeza más grande que el cuerpo.
Es lamentable, la iglesia de hoy es un fenómeno, su cabeza es tan grande que el caminar hace el ridículo. Ya no damos abrazos, damos versículos; no hablamos con los necesitados, le regalamos libros. Es una triste realidad, la iglesia en el siglo pasado no fue más que un niño con la cabella grande, llena de agua. Creímos que nuestras muchas letras serían un gran testimonio al mundo y se nos olvidó vivir. El cristiano maduro actual es un libro andante, con doctrina, capítulos y versículos, pero muerto.
Es como si nos dejaran morir de hambre aunque tuviéramos mucho dinero depositado en el banco de los libros. Para volver a hacer el cristianismo relevante de cara el nuevo siglo tenemos que dejar de acumular doctrinas, capítulos y versículos. Gastemos esos recursos acumulados en volver vivir, regresándole la vida al cuerpo. Cuando nuestro corazón pese más que nuestra cabeza volveremos a ser iglesia, dejaremos de ser libros para volver a ser familia.