Ya que se fue diciembre, y con él, el llamado “espíritu navideño”. Aprovecho el momento para hablar de creyentes difíciles. La navidad funciona como unos verdes anteojos, nos los ponemos en diciembre y permanecen con nosotros hasta finalizar el año. Cuando los tenemos vemos con buena voluntad a las personas más difíciles, los creyentes más agrios se ven dulces y afables.
En enero nos quitamos los lentes, por lo que hay que echar mano de otros recursos. Quiero iniciar diciendo que aceptarnos no es una opción. Regularmente tenemos dos listas, una blanca y otra negra, donde ubicamos nuestros hermanos a discreción. Por defecto, la lista blanca está vacía, la tendencia natural nos invita a mantener a todos los hombres en un limbo afectivo hasta que acumulen los puntos suficientes para llegar a nuestro prestigioso listado.
A veces es mucho peor, pues el hombre natural es sumamente prejuicioso y si no tomados control de él nos hace llenar la lista negra basándonos en trivialidades como: me miró mal, no me saludó y otras vanidades. Que baste con decir que la iglesia es una familia y por definición, la sangre debe pesar más que los prejuicios, mucho más, si estamos hablando de la sangre de Cristo.
Otra de nuestras debilidades es tratar despectivamente los creyentes inmaduros, si nos sospechamos que un hermano está pecando lo ponemos en la lista negra con letra roja y subrayado. Nos encanta tachar nombres, disfrutamos grandemente colocando grandes equis, aplomamos bien el lápiz sobre sus nombres casi hasta el punto de romper la hoja. He descubierto que atacamos tanto a los creyentes que caen porque en el fondo sabemos que todos fallamos, el pecado que más criticamos es el que más nos gusta cometer. Es como una competencia, estoy haciendo un esfuerzo sobre humano para no ir a disfrutar del pecado que tanto amo, si veo mi débil hermano comiendo de mi fruto prohibido tengo que ir a darle por la boca. Criticar los creyentes débiles es un rasgo de inmadurez, eso lo hacen los niños: ¡Mamá, mamá, Pedrito se come las galletas! (Y yo también quiero hacerlo).
Otro punto a tomar en cuenta es que regularmente criticamos hoy lo que nosotros mismos fuimos ayer. No hay ser que tenga menos memoria histórica que un cristiano, podemos saltarnos todos nuestros primeros años en la fe, con nuestras memorables metidas de pata y múltiples desaciertos como si hubiéramos sido transplantados a este planeta directamente desde la villa de la santidad. Nadie es un héroe en la fe el primer día que llega a la iglesia, si no toleramos la inmaduresz de los nuevos creyentes siempre tendremos la congregación repleta de envejecientes.
Nos molestan tanto sus errores porque nos traen memorias de esa parte oscura de nuestras vidas, o peor aún, de esa debilidad no superada que tenemos por dentro. Quiero ser positivo al pensar en la primera posibilidad, si lo que nos molesta es lo que fuimos ayer (no lo que somos hoy) tenemos que saber que el pasado y sus errores no avergüenza, sino al contrario, enaltece. Para aprender a montar bicicleta hay que comer tierra muchas veces. Lo dejo aquí por hoy, mañana continúo el tema hablando de tolerancia.
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En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.
Los Salmos son expresiones emocionales que emanan de las convicciones de hombres muy profundos y a la vez sensibles como el rey David. Hombres que podían llorar ante la desesperación y al mismo tiempo encontrar consuelo en las firmes promesas de Dios.