Ayer estuve compartiendo una clase bíblica con los jóvenes de mi iglesia, el tema era la santidad. Comúnmente se define la santidad como separación, esta es quizás la definición más exacta del término, lo santo es lo que ha sido separado para Dios.
Mientras hablamos sobre las formas en que una mala interpretación de la santidad se convierte en estorbo para compartir el evangelio, alguien aportó que quizás nuestra mala comprensión radique en la misma palabra separación, proponía que en vez de imaginar un creyente santo como aquel que se ha separado del mundo, debíamos comprenderlo como aquel que se ha acercado a Dios.
Si se maneja la separación como solo un alejamiento del mundo, el mismo maestro quedaría en apuros. Hablando de casos de difícil explicación desde la perspectiva tradicional de santidad encontramos lo siguientes:
En conclusión, Cristo no estaba religiosamente separado del mundo: Comía, hablaba y recibía manifestaciones afectivas de pecadores públicamente reconocidos.
Haciendo una lista de lo que regularmente se conoce por santidad llegamos a la extraña conclusión de que ser santo sería tenerlo todo largo:
Un santo tradicional se distingue por tener la habilidad de fruncir la frente durante más de siente horas al día, o por lo menos por hacerlo cuando se acerque una persona. No tengo pruebas exhaustivas para probarlo, pero puedo decir que en la práctica he visto que las iglesias más santas (de faltas, biblias y lenguas largas) son las menos amorosas, las que más discuten trivialidades y también las más propensas a dividirse.
Pedro, al contrario de nosotros, mientras hablada de la santidad lo relacionaba con el amor. Dice lo siguiente hablando de la purificación:
Habiendo purificado vuestras almas por la obediencia a la verdad, mediante el Espíritu, para el amor fraternal no fingido, amaos unos a otros entrañablemente, de corazón puro.
1 Pedro 1:22 (RVR 1960)
Según Pedro, la mayor expresión de la santidad es el amor. El creyente más santo debería ser aquel que más ame la iglesia, el más sonriente, el menos hablador, el menos prejuicioso. Al final, terminamos la clase con un gran abrazo, comenzando a practicar la verdadera santidad.