Para presentar un predicador siempre se sigue el mismo protocolo. Llega el tiempo del mensaje y todo se queda como suspendido, un silencio sepulcral rodea el auditorio mientras un hermano se levanta ante la congregación, con rostro fúnebre, a decir las siguientes palabras:
Después de haber cantado y ofrendado, ahora vamos a pasar a la parte más importante; preparemos nuestros corazones para recibir el manjar que Dios tiene preparado para nosotros por medio del hermano fulano.
Es un ambiente medio surrealista, de vez en cuando me presentan así cuando voy a compartir una enseñanza y me pregunto si ese pobre hermano que dirige la congregación verdaderamente está creyendo lo que dice o solo está (como la mayoría) ansiado que yo predique corto para llegar temprano a su casa.
Bien, vamos a ver si entendí, ¿la parte más importante son las instrucciones? El manager de un equipo de béisbol se levanta ante los jugadores con rostro fúnebre tres horas antes de iniciar el partido para dar “la parte más importante”. ¿No habíamos quedado en que la parte más importante era el juego mismo? Aquí debe de haber un error. Que me perdone el manager, pero los cinco mil fanáticos que están en las gradas no pagaron su boleto para venir a escuchar “su parte más importante”, ellos vinieron ver el partido y los jugadores a ensuciarse el uniforme, esa si es la parte más importante. Todo lo demás es el preparativo.
Mi idea parecerá muy extravagante, pues en siglos de protestantismo hemos hecho un culto a las escrituras como si ellas por si mismas tuvieran el poder para hacernos crecer en la fe. No se trata de leerlas mucho, o por trozos, o en el templo, o en varias versiones, se trata de vivirlas. Hacer que la Biblia sea una realidad para la iglesia no se consigue sentándose reverentemente a escuchar, hay que pararse diligentemente a vivir. Nuestros versículos funcionan como amuletos protectores o melodías encantadas que al rozar los tímpanos evangélicos tienen el poder de hacernos mejores cristianos. Lamentablemente, la Biblia no es una flauta mágica, para que esas verdades tengan sentido y sean relevantes hay que hablarlas menos y practicarlas más.
Cristo no era amante de los estudios bíblicos o la teología sistemática, Él invitaba personalmente al mundo a conocerte. Nunca escribió un libro, quiso darse a conocer de forma práctica. Un equipo de béisbol no puede sentarse en un aula a imaginarse el partido ideal que le presentan en la pizarra, tiene que ir a practicar en el mismo terreno donde más tarde estarán jugando. La parte más importante no es cuando el predicador da las instrucciones, sino cuando podemos vivirlas, ponerlas en práctica, estar juntos, amarnos, saludarnos y expresar nuestro cristianismo delante de nuestros hermanos como un testimonio al mundo.
Paradójicamente, los cristianos podemos salir del terreno de juego (nuestro templo) sin hablar con nadie, o mucho peor, hacer todo lo que este a nuestro alcance para que gane el equipo contrario; pero nunca debemos faltar a las instrucciones del manager, ¡esas es la parte más importante!