Hay mucha diferencia entre conocer a Jesús formando parte de su familia, la iglesia, y aprender a ser cristianos para venir a congregarnos. He visto que la vida cristiana contemporánea está fuertemente fundamentada en unas cuantas buenas prácticas aprendidas, no digo que sean malas, me refiero más bien a la forma mecánica de llevarlas. Solo por mencionar un ejemplo, ¿hasta que punto disfrutamos reunirnos como iglesia o asistir al templo? Bajo riesgo de parecer muy sincero, puedo afirmar que son pocos los creyentes que realmente anhelan que llegue el día de culto, cada día asistir es más un ejercicio espiritual, como el ayuno, que un momento disfrutado.
El asunto se ha vuelto tan complicado que es necesario amenazar o amedrentar a los miembros para poder celebrar una reunión. Si la iglesia es una familia nuestras dificultades para estar juntos dejan mucho que desear. Hasta en las peores familias sus miembros desean llegar al hogar, dice un cuento de bebedores que un borracho puede olvidar cualquier cosa, pero a fin de cuentas siempre consigue el camino a casa. Esto es mucho decir, ¡los borrachos nos superan!
No tengo una solución terminal para nuestro problema, pero puedo mencionar algunas causas. Ya he tocado anteriormente algunos de los puntos que mencionaré, pero creo que hurgando en ellos se pueden encontrar respuestas.
Dos puntos:
Lo mismo pasaba con la conversación, si dos creyentes se atrevían a intercambiar palabra durante el culto eran duramente reprendidos con el tradicional versículo, citado reverentemente: Jehová está en su santo templo, calle delante de Él toda la tierra. Bromeaba con unos amigos y les decía que a los líderes nos gusta que la congregación se quede muda, reverentemente, para que solo se escuche nuestra voz. El complejo del papá gallo.
Hay hermanos que no pueden marcar diferencias entre formalismos, organización y reverencia. Creen que no se puede desarrollar una reunión organizada sin usar corbatas. La iglesia puede ser informal, como toda familia, sin perder la organización, o rayar en lo irreverente. Volviendo al punto de la familia física, en ninguna casa el padre se identifica por usar un traje diferente, sus hijos le respetan y reconocen aunque todos estén sentados en el piso o en pantalones cortos.
Cuando volvamos a ser una familia, naturalmente, sin rituales aprendidos de asistir, mirar al frente, cantar himnos con tono raro y escuchar un mensaje idealizado, no disfrutaremos estar juntos. Si la congregación de los hijos de Dios recupera la espontaneidad que tuvo en sus primeros días asistir dejará de ser un sacrificio para volver a ser un placer. Los templos se llenarán de verdaderos hermanos, hablando, testificando, y amando, sin ningún programa ni ritual establecido más que las ganas de ser iglesia y la intención de glorificar a Dios siendo parte activa de su familia. !Eso si será un testimonio vivo hacia los no creyentes!
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Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.
Los Salmos son expresiones emocionales que emanan de las convicciones de hombres muy profundos y a la vez sensibles como el rey David. Hombres que podían llorar ante la desesperación y al mismo tiempo encontrar consuelo en las firmes promesas de Dios.