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Elogio a la vejez temprana

Rafael Pérez 8 December 2005 : 9:45 pm 1,051 Lecturas

VejezEl tema que traigo a mención tiene un largo tiempo en el tintero, son de esas cosas que se guardan el alma y terminas sacándotelas en letras, más por descanso que por la sola satisfacción. No es un tema entretenido, o cómodo, es más bien espinoso y bastante triste, hoy se lo mencioné a un amigo y la conversación se tornó tan deprimente que tuvimos que cambiarla. Con este preámbulo paso a traer el asunto en cuestión, es mejor deprimirse en conjunto que hacerlo en solitario.

En días pasados dije que me cansé, y no considero mi cansancio como una queja vacía, sino más bien como un privilegio, un regalo de Dios. He tenido la fortuna de poder acércame a varios pastores y lideres de la vieja escuela, personas que tienen muchos años o toda una vida en el ministerio. Por lo regular, cuando hablo con ellos y les pregunto sobre su experiencia en la iglesia o en el concilio al cual pertenecen su respuesta tiene dos partes. Inicia medio elaborada, como el recitar de unas líneas programadas con las venturas de invertir su vida en la obra, me dicen:

Oh hermano, no hay bendición más grande, si tuviera que iniciar de nuevo haría justamente lo mismo, una iglesia idéntica a la que guío actualmente y en el mismo concilio, no hay organización más honorable, justa y adecuada para levantar una congregación que esta.

Entablo este tipo de diálogos con ministros a los que les tengo algo de confianza, busco su experiencia para nutrirme, por lo que puedo llevar el asunto a otro nivel. Después de escuchar atentamente el discurso aprendido, casi poético, les pregunto con el corazón en la mano que cual ha sido su “real” experiencia, y aquí llega la segunda parte. Los más valientes, esos que tienen la entereza de salir del caparazón aunque sea para ayudar a un joven como yo a evitar los escollos del camino ministerial, me presentan la dura realidad. La mayoría están resentidos con sus organizaciones, hastiados de la rutina de la iglesia, fuertemente heridos y los recuerdos que tienen no son para nada satisfactorios o dignos de imitar. Si pudieran comenzar de nuevo harían todo lo contrario, cualquier otra cosa, algunos buscarían la profesión que menos se parezca a guiar gente dentro de la iglesia.

El creyente que explore con diligencia hacia la cúspide de una organización cristiana quedará alarmado, por no decir asqueado, de la condición que se muestra mientras más se sube. Las formas en que se escala hacia las posiciones de arriba, con la competencia, la rivalidad y hasta las zancadillas, son tan agresivas y deprimentes como en las peores organizaciones de este mundo, partidos políticos incluidos. Las ansias de poder, la manipulación y el juego de influencias campean sin disimulo como si no se tratara de la iglesia. Esta es una triste realidad que puede ser justificada con excusas simplistas como la participación de los hombres, poner la humanidad de los líderes al centro es un atenuante, pero no justifica en nada nuestros errores, pasados y presentes.

Abajo está la grey, la comunidad de amor que forman los creyentes donde se es feliz mientras menos se sabe. Por ellos tengo que hacer con tristeza la siguiente advertencia: Si no estás dispuesto a poner tu granito de arena para que las cosas sean diferentes trata de enterarte lo menos que puedas, llega a tu iglesia, siéntate en un banco, preocúpate por amar y ser amado sin mirar hacia arriba, mientras más conozcas mayor peligro corren tu fe y tu cabeza. Es una solución mediocre, pero funciona, la ignorancia es uno de los caparazones más fuertes para evitar el dolor.

El otro grupo, en el que me encuentro, a nosotros, quienes ya tenemos los ojos medio abiertos, nos quedan tres opciones: o hacemos todo lo posible por cambiar las cosas, o nos hacemos insensibles y nos unimos a la fiesta, o nos vamos al mundo. De entre las tres, yo escogí la primera, muchos de los líderes con quienes he hablado tuvieron tristemente que conformarse con la segunda. Yo no los critico, siento dolor por ellos y hasta trato de justificarlos. Están amarrados a un sistema complejo del que es casi imposible desprenderse, muchos de ellos me dicen con tristeza que están muy viejos para comenzar de nuevo, no saben hacer otra cosa que pastorear una iglesia, tienen que llevar comida a la mesa, mantener una familia.

Es deprimente, no imagino algo más desmoralizante que levantarme cada día a vivir en contra de mis convicciones, es como prostituirse intelectualmente, vendo mis valores un día más al sistema para conseguir un poco de pan, o leche para alimentar mis hijos. Algunos de ellos iniciaron en el ministerio con la mejor de las intenciones, llegaron con el brillo en los ojos para al final del camino terminar con la vista nublada, aunque sea intencionalmente. Comenzaron con muchos bríos, quizás hasta intentaron hacer las cosas diferentes solo para terminar acomodándose, cansados, sin tiempo ni fuerzas. Esta, la segunda de las opciones (cerrar los ojos) es la más dolorosa, pues no se toma por ignorancia, sino por necesidad. No habla la cabeza sino la barriga.

Pensando en estas cosas, bastante deprimentes, pues tengo que decirlo, fue que terminé cansándome a destiempo. Creo que es mejor cansarse de pronto, de repente, que envejecer lentamente o morirse por partes. Prefiero cansarme ahora, cuando todavía me queda algo de fuerzas para rectificar dignamente que esperar a mañana, cuando esté tan moralmente comprometido que volver atrás no sea una opción.

Prefiero cansarme hoy, mientras más pronto mejor, pues estoy seguro de que mis convicciones no menguarán mañana, esta carga se tornará insoportable y si no me destruye el sistema me matará la vergüenza.

Quiero cansarme yo y cansar a otros, despertar temprano a mi generación antes que nos llegue la oportunidad de adaptarnos, hoy tenemos la holgura necesaria para hacer los cambios, antes que nos gane el tiempo. Es mejor tener hoy jóvenes cristianos envejeciendo a destiempo, sintiendo temprano el dolor del desencanto, a los quince, veinte o treinta años, que lidiar mañana con octogenarios tristes y resentidos, sintiendo dolor en cada parte: en el alma, en el cuerpo, en la fe y el corazón. Por eso digo que envejecí a destiempo, y doy gloria a Dios por este divino cansancio.

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Rafael PérezRafael Pérez (Pastor)
Conoció al Señor en el Templo Evangélico de la 19 de Marzo (1989) —Azua—, sirvió durante diez años en la Iglesia de Lucerna (Asambleas de Dios) y como maestro en varias congregaciones de Santo Domingo. También ha trabajado para el Departamento de Publicaciones de las Sociedades Bíblicas Unidas (SBU). En Abril del 2008 comenzó junto a su familia y un grupo de amigos la Comunidad Cristiana PezMundial. Rafael es Administrador de Empresas y vive en Santo Domingo (República Dominicana) junto a su esposa Carolina.

Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com

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