Ayer llevé mi carro al taller. Quedó reluciente, lo brillaron, lo enceraron y le lustraron la pintura, realmente se veía impecable. Le dediqué todo un día para ponerlo así. Hoy en la mañana salí hacia la oficina y un conductor se me estrelló en el bumper, ¡En menos de 24 horas!
La intención no es hablar de vehículos, pues no soy tan fanático de ellos, los veo mas como un medio de transporte, algo sumamente funcional. El asunto es que alguien, al enterarse me preguntó con preocupación si había orando antes de salir de mi casa, habrá pensando que una coincidencia tan grande solo podría entenderse como un castigo de Dios.
Es hasta curioso el nivel de fatalismo al que podemos llegar los creyentes, vemos la mano de Dios en cualquier hecho desafortunado que pueda ocurrir, desde el choque de un vehículo hasta la llegada de un huracán, pasando por guerras, conflictos políticos o la gripe aviar. Si estamos en una campaña evangelística y se va la luz, el pensamiento evangélico natural es ponerse a interceder, pues el diablo está opuesto a que se celebre la actividad. Si salen con el megáfono y las personas le gritan improperios hay que hablar más fuerte, pues el diablo está contraatacando.
Hay hermanos que ven demonios hasta en la sopa. Si cruzando una avenida no tienen precaución pueden ver al mismísimo Satanás conduciendo un camión imprudentemente, para atropellar un hijo de Dios. Le atribuimos al diablo y sus demonios cualquier problema, hasta aquellos en los que tenemos la responsabilidad directa. Deudas, conflictos en las relaciones y situaciones laborales. Conocí un creyente sumamente irresponsable en su lugar de trabajo, cuando fue suspendido testificó que era victima de una oposición espiritual.
Gracias a Dios el inconveniente en mi carro no fue nada grave, solo se hizo un leve rasguño en la pintura. Hablé con el conductor del otro vehículo y nos pudimos de acuerdo sin mayores problemas. Un cristiano fatalista hubiera visto el demonio pisando el acelerador.