Para hacer realidad una revolución como la reforma protestante es necesario combinar el sentir de una época con los anhelos de un pueblo y las aspiraciones de un gran líder. Cuando estas tres cosas (los tiempos, los pueblos y un líder) coinciden en tiempo y espacio, estalla una revolución.
La reforma no fue solo Lutero, sino también un asunto de la época. En los tiempos en que surgió, Europa estaba abrazando una nueva cosmovisión, dejaba atrás los tiempos oscuros del medioevo para abrazar el renacimiento, con todas sus implicaciones. Eran tiempos de cambios, donde el poder y las ciudades del mundo pasaban de mano en mano y cada semana aparecía un nuevo continente. Eran tiempos de inconformes, donde la gente no se sometía fácilmente a los argumentos simplistas tradicionales para explicar asuntos complejos, tenían sed de conocimiento, querían respuestas para todas sus preguntas. Adicional a esto, florecía un sentir de volver atrás, de retomar la belleza de los clásicos olvidados.
Junto a los nuevos tiempos se manifestaba una creciente inconformidad en el pueblo cristiano. Los más devotos sufrían al ver la depravación de la iglesia y sentían en carne viva como cada día se vaciaba la devoción de sus corazones; los menos devotos sentían dolor por sus bolsillos, los cuales también quedaban cada día más vacíos para ir a llenar las arcas de Roma.
En medio de esta atmósfera de descubrimientos, inconformidad y decadencia, apareció Martín Lutero, el líder que pudo poner el oído en el corazón del pueblo para canalizar sus anhelos y combinarlos con los cambios del momento. Cuando lo veo en retrospectiva, comprendo que la gesta de Lutero no fue solo alzar su voz ante Roma, sino estar en el lugar correndo en el momento indicado. La reforma no hubiera sido posible sin el renacimiento, tampoco sin el largo periodo de decadencia que vivió el papado en esos días. Creo que Dios coloca las personas en el momento indicado para alcanzar sus propósitos de forma precisa.