Para hacer realidad una revolución como la reforma protestante es necesario combinar el sentir de una época con los anhelos de un pueblo y las aspiraciones de un gran líder. Cuando estas tres cosas (los tiempos, los pueblos y un líder) coinciden en tiempo y espacio, estalla una revolución.
La reforma no fue solo Lutero, sino también un asunto de la época. En los tiempos en que surgió, Europa estaba abrazando una nueva cosmovisión, dejaba atrás los tiempos oscuros del medioevo para abrazar el renacimiento, con todas sus implicaciones. Eran tiempos de cambios, donde el poder y las ciudades del mundo pasaban de mano en mano y cada semana aparecía un nuevo continente. Eran tiempos de inconformes, donde la gente no se sometía fácilmente a los argumentos simplistas tradicionales para explicar asuntos complejos, tenían sed de conocimiento, querían respuestas para todas sus preguntas. Adicional a esto, florecía un sentir de volver atrás, de retomar la belleza de los clásicos olvidados.
Junto a los nuevos tiempos se manifestaba una creciente inconformidad en el pueblo cristiano. Los más devotos sufrían al ver la depravación de la iglesia y sentían en carne viva como cada día se vaciaba la devoción de sus corazones; los menos devotos sentían dolor por sus bolsillos, los cuales también quedaban cada día más vacíos para ir a llenar las arcas de Roma.
En medio de esta atmósfera de descubrimientos, inconformidad y decadencia, apareció Martín Lutero, el líder que pudo poner el oído en el corazón del pueblo para canalizar sus anhelos y combinarlos con los cambios del momento. Cuando lo veo en retrospectiva, comprendo que la gesta de Lutero no fue solo alzar su voz ante Roma, sino estar en el lugar correndo en el momento indicado. La reforma no hubiera sido posible sin el renacimiento, tampoco sin el largo periodo de decadencia que vivió el papado en esos días. Creo que Dios coloca las personas en el momento indicado para alcanzar sus propósitos de forma precisa.
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Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.
Los Salmos son expresiones emocionales que emanan de las convicciones de hombres muy profundos y a la vez sensibles como el rey David. Hombres que podían llorar ante la desesperación y al mismo tiempo encontrar consuelo en las firmes promesas de Dios.