¡Nos vamos de misión!
Una misión del siglo veintiuno significa aventura y días de campo en compañía de nuestros hermanos y amigos. Escucho los organizadores mientras nos hablan a los potenciales misioneros de los posibles sacrificios que tendríamos que hacer en los próximos dos días, todo sea por amor a las almas. Quizás la comida no esté caliente, o tengamos que dormir en los duros bancos del templo.
El primer inconveniente no es problema, pues todos estamos seguros de que la comida nunca falta, es más, en la mayoría de las misiones donde he participado se come mejor que en cualquier casa modesta. Con relación al segundo sacrificio (dormir en el piso), eso no nos quita el sueño, en un ambiente de camaradería y aventura esos momentos son anécdotas para contar de regreso a la ciudad, digo, ¡testimonios!
He visto de todo un poco en nuestras misiones modernas. Hermanos que llegan al lugar con camas inflables, de esas que requieren energía eléctrica para funcionar, pues se llenan con bomba de aire, a presión. Otra curiosa es ver a los misioneros llegar al lugar elegido en cómodos autobuses, con aire acondicionado, delante de ellos, va otro vehículo cargando calderos, botellones de agua purificada, arroz por sacos y todo tipo de utensilios para la cocina.
Con relación a la logística de la misión, lo más complicado es transportar las maletas. Si se requiere un autobús para los misioneros, es necesario rentar autobús y medio para sus paquetes. Llegan al punto de partida con unos bultos más grandes que ellos mismos, repletos de comestibles para el camino, bloqueador solar y ropa para tres cambios por día, sin olvidar el traje de baño, por si aparece la oportunidad. Los huesos de Pablo y Bernabé deben de estar revolcándose en sus tumbas, un día nos encontraremos con ellos en el cielo para intercambiar experiencias.
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hahahah, que bueno estuvo esoo…:P
que radiografia de “las misiones” de hoy mas real
si no tienes vacaciones… anda a misiones!
Que tonterias dices.
De donde sacaste toda esa informacion???????
Bendiciones “Yo”, si yo (el yo mío, no el suyo) fuera un poco más pentecostal, le diría que no me la reveló ni carne ni sangre, pero tendré que confesarle, humildemente y no sin pena, que salieron de mí, o por lo menos de mis manos (la firma con mi nombre está debajo). Si justifica mejor su queja podremos conversar. Ya que estoy pidiendo cosas, escribir su nombre sería todo un detalle.
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