Me llama mucho la atención el hueco que los cristianos de iglesias reformadas tenemos en nuestra historia, podemos saltarnos olímpicamente toda la edad media para caer desde Lutero, directamente a la iglesia primitiva. Al parecer, después del concilio de Nicea, en el 325, hasta la reforma protestante de 1517, no pasó nada relevante, o digno de mención.
Creo que he comprendido en parte nuestras razones. Nos hierve la sangre el solo de pensar que tenemos una herencia católica, que sus genes están dentro de nosotros y siguen vivos. La sola posibilidad de que estén ahí, en nuestra línea genealógica, nos pone la piel de gallina. ¡Nosotros somos reformados! tenemos la sangre pura, no adulterada como babilonia, la gran ramera.
Aunque pretendamos tapar el sol con un dedo, ahí está la historia, la edad media con sus casi 1,000 años debe tener algo para contarnos. Aunque no lo queramos, los católicos son nuestros antepasados, con su liturgia, sus rituales y sus santos. No digo que volvamos atrás, es solo que no le arranquemos páginas a la historia, tenemos que destapar la caja de pandora.
Como dijo Georges Santayana:
Los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla.