A principio del siglo pasado, un hombre de Detroit tenía un gran sueño: hacer de su auto, el modelo T, el auto de las masas. Un vehículo funcional y asequible que impulsaría la clase media estadounidense y prosperaría en gran manera la empresa de su fabricante. Henry Ford no inventó el automóvil, sino que tomó las ideas de Daimler y Benz, provenientes de Alemania.
A diferencia de otros, que se esforzaban en fabricar artesanalmente autos lujosos o sumamente personalizados, el sueño de Ford era levantar una gran empresa, produciendo a gran velocidad tantos vehículos como fuera posible. Los primeros prototipos de Ford no fueron un exitazo, pero después de varios fracasos pudo dar en 1903 con el proyecto de su vida, la Ford Motor Company. Tenía un propósito claro y bien definido, automóviles sencillos y baratos para el consumo de la familia promedio norteamericana.
La inspiración para su gran sueño no le vino a Ford en una prestigiosa universidad, sino en un sitio menos común: Los mataderos de Detroit. Él Explicaba:
En líneas generales, la idea provino de las carretas elevadas que los empaquetadores utilizan para envolver carne.
Desarrolló una estrategia para acelerar los procesos de fabricación por medio de largas cadenas de montaje donde los obreros no se detenían particularmente en ningún auto, sino que iban poniendo piezas sobre piezas mecánicamente como si fueran robots. Al final, salía del la cadena de montaje un nuevo Ford, listo para ser enviado a las calles.
Aunque parezca extraño, el fordismo, como se denomina el modelo de Ford, está llegando a las iglesias. Muchas de las actuales estrategias de crecimiento funcionan como largas cadenas de montaje para desarrollar discípulos multiplicadores y ganadores de almas: Lo ganamos, le ponemos ruedas, lo pintamos y lo vendemos.
Entiendo que el gran deseo de Cristo es salvar al hombre, pero no debemos utilizar la gran comisión como excusa para fundar grandes compañías. Regularmente, las cadenas de montaje de discípulos son instaladas en congregaciones con líderes no centrados en la gente, sino en la empresa. Cuando se deja de pensar en la salud de la iglesia comienzan a hablar los números. Lo importante deja de ser levantar una gran familia, sino tener muchos hijos, tantos como sea posible.
Comúnmente escucho a defensores cristianos del modelo de Ford (vendedores de engranajes para cadenas de montajes), hablando como si el fin justificara los medios. No importa que la iglesia se convierta en un sinnúmero de reuniones tipo Amway o Tupperware siempre y cuando las almas se estén salvando. El asunto está en que el modelo de Cristo, al contrario del de Ford, consiste edificar la iglesia como una familia, no solo en vender muchos vehículos. Una familia se fundamenta en el contacto diario, las relaciones, el amor, la personalización, todo esto se pierde cuando se hace del discipulado una cadena de montaje.
Todos los miembros tienen dones, experiencias y corazones diferentes para bendecir la iglesia, el discipulado debe ser un conjunto de relaciones donde cada persona pueda recibir un trato personalizado, no solo aceitar máquinas. Ford no deseaba encariñarse con sus “hijos”, sino terminar con ellos tan pronto como sea posible, así haría crecer su empresa. Su modelo de estandarización quedó plasmado en su celebre frase:
Daré a cada americano un automóvil del color que prefiera, con tal de que sea negro.