Se supone que el cristianismo esté cargado de amor y aceptación, o por lo menos así era cuando todo comenzó. A diferencia de los fariseos, Jesús fue un revolucionario al entrar en contacto con gentiles, samaritanos y personas de muy mal testimonio. No era extraño encontrarlo cenando con aquellos hombres que robaban a su propio pueblo, o más complicada aún, recibiendo manifestaciones afectivas de prostitutas.
Uno de los relatos más impresionantes en los evangelios es aquel que presenta al mismísimo hijo de Dios en conversación con una mujer samaritana. Para los judíos, un perro y un samaritano eran el mismo animal, pero esto no era lo único, la mujer tenía muy mala reputación al haber vivido con varios hombres. Jesús no se preocupó por el que dirán, sin tomar en cuenta los prejuicios existentes dedicó tiempo para hablar con ella y darle palabras de esperaza. Los discípulos, como lo hubiera hecho cualquier creyente de este tiempo, se sorprendieron al ver al maestro hablar con mujer. Habrán pensado que la estaba enamorando o algo parecido.
El primer consejo que recibe un nuevo creyente, si logra llegar a la iglesia, es el siguiente: No te juntes con pecadores. Esa es la parte más traumática de convertirse al cristianismo, dejar atrás nuestras amistades, relaciones y si es posible hasta la familia, para conocer un grupo de personas prejuiciosas, poco sociables y altamente santificadas, en nada parecidas al pobre nuevo creyente. Es un gran dilema, allá afuera, de donde él viene, la gente es abierta, divertida y amigable; aquí dentro, donde tendrá que acomodarse, somos elitistas y un cero en relaciones interpersonales.
Los prejuicios son parte del viejo hombre, pero son de los temas menos tratados desde los pulpitos. Nos sentimos cómodos hablando de la fornicación, la lengua, el orgullo, pero con relación al prejuicio no decimos nada, es más, ¡creemos que forma parte de los frutos del espíritu! Lo hicimos parte del perfil de un creyente maduro. Si puedes mantener durante todo el día una cara de pocos amigos y ya eliminaste cualquier relación con esos inconversos pecadores, evidentemente, estás madurando.
¡Cuida tu testimonio! ¿Pero de quien lo cuido si vivo dentro de un globo? La iglesia es un corral, el que intente integrarse tendrá que saltar (literalmente) un gran cerca. Estamos encerrados detrás de una barrera de dudas y prejuicios, no es fácil llegar hasta nosotros. En lo alto de nuestra pared, tenemos nuestra falsa santidad como tres líneas de alambres de púas, el valiente que atravesándola pise en falso puede morir desangrando o terminar gravemente herido.
No nos gusta compartir con inconversos, por eso tenemos todo tipo de empresas con servicios para cristianos. Salones de belleza, donde no hay chismes; cafeterías, donde no venden cervezas; supermercados donde no vende whisky; centros educativos donde no se enseña la teoría de la evolución; y hasta cementerios, para que cuando venga el levantamiento de la iglesia podamos ascender todos juntos. Un sistema bastante organizado para mantenernos aislados de cualquier intento de mundanalización. Es una ridiculez, puedes administrar tu negocio con principios cristianos, pero no es posible servir tostadas o jugos evangélicos.
El sueño más grande de la familia cristiana es poder vivir en un residencial cristiano, donde todos los servicios sean de empresas cristianas y solo exista un canal de televisión, también cristiano. Es como si un distribuidor de refrigeradores anhelara poner su tienda más grande en el centro del polo norte.
Se nos olvidó que donde ellos están hoy nosotros estuvimos ayer. Cristo debe estar llorando, Él no murió por los evangélicos, murió por los perdidos. Da pena, pero el los ama tanto que muere por ellos y nosotros los rechazamos a tal punto que no queremos que nos toquen.
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Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.
Los Salmos son expresiones emocionales que emanan de las convicciones de hombres muy profundos y a la vez sensibles como el rey David. Hombres que podían llorar ante la desesperación y al mismo tiempo encontrar consuelo en las firmes promesas de Dios.