Leyendo sobre la edad media me he topado con una curiosidad culinaria: el valor de las especias. Se dice que durante el siglo XV la pimienta era tan preciada que llegó a ser la moneda de algunos pueblos, así como nosotros medimos en base a oro ellos median en base a pimienta. Con pimienta se pagaban desde impuestos hasta dotes para desposar mujeres. Curiosamente, la iglesia católica era cliente preferencial de las embarcaciones que cruzaban el mar rumbo al oriente, en busca de especias. De los millones de gramos de incienso que se consumían anualmente ni un solo era cultivado en europa.
La cocina en la primera parte de la edad media no era muy suculenta que digamos. La alimentación giraba en torno a platos insípidos, carentes de sabor, acompañados por carnes asadas a toda llama, casi al punto de carbonización. El objetivo no era degustar los platos, sino comer cuanto fuera posible. Esto terminó revirtiéndose al final de la edad media. La alimentación comenzó a pintarse de nuevos colores a medida que se combinaban las especias importadas. Con el renacimiento no solo hubo un despertar espiritual por medio de la reforma, sino también culinario, por medio de las especias.
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Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.
Los Salmos son expresiones emocionales que emanan de las convicciones de hombres muy profundos y a la vez sensibles como el rey David. Hombres que podían llorar ante la desesperación y al mismo tiempo encontrar consuelo en las firmes promesas de Dios.