Cristianismo simple — PezMundial
PezMundial

Cristianismo simple

Rafael Pérez 9 November 2005 : 1:22 pm 990 Lecturas

SimpleEn una ocasión mencioné la herencia cristiana que nos dejó el siglo pasado, sigo meditando sobre el asunto, ahora con relación la madurez. Al día de hoy ser un cristiano maduro en la fe requiere una amplia documentación doctrinal, muchas horas de vuelo (cumplidas en un banco de la iglesia), y haber asistido a un seminario bíblico. No puedes ser maduro a menos que no sepas de memoria muchos versículos y tengas conocimientos de teología sistemática, sin olvidar el necesario manejo de la hermenéutica.

Viendo esto, ¿cómo llegamos aquí? ¿En que momento el cristianismo dejó de ser algo simple, que podían entender los pescadores aún si saber leer para convertirse en un asunto sumamente complicado, donde hay que ser casi doctor en leyes para comprenderlo?

Paradójicamente, en el siglo primero los romanos rechazaban nuestra fe por su sencillez, creían que si el cristianismo llegaba a convertirse en la religión de Roma serían la vergüenza del mundo. No podrían competir contra sus enemigos si su religión era solo asunto de conocer un tal Jesús y estar juntos compartiendo el pan, coritos y testimonios. Los romanos necesitaban estructuras, edificios, algo más complejo. Como le escribió Plinio a Trajano:

La suma de su crimen o de su error, sea cual sea, era esta: Que en un día determinado se reunían antes del amanecer y cantaban entre ellos, por turno, un himno a Cristo, como a un dios, y se comprometían bajo juramento, no a ninguna maldad, sino a que jamás cometerían hurto, ni robo, ni adulterio; que jamás faltarían a su palabra; que jamás faltarían a lo que se le confiase aún siéndoles así exigido; y luego de esto solían separarse, y luego se reunían de nuevo para participar en alimentos comunes.

Me surgen algunas ideas de posibles causas, pueden ser un punto de inicio para comprender la complejidad actual de la fe cristiana.

Fragmentamos la Biblia para hacerla mas complicada, pues la complejidad aumenta el ego. Para sobresalir delante de nuestros hermanos tuvimos que hacer de la historia de Jesús, las cartas de Pablo y las epístolas un rompecabezas desarmado. Tenemos multitud de piezas llamadas versículos que juntas componen una hermosa imagen llamada Biblia. Si tan solo pudiéramos ver el gran cuadro sobre la vida Jesús en vez de perder el tiempo aplicándole todas las herramientas actuales a un solo versículo lo aprovecharíamos mucho más.

Nos gusta leer las cartas de Pablo como si fueran el álgebra de Baldor, multitud de piezas complejas, desparramadas en un libro y que no tienen ningún sentido para nosotros. Quemamos horas de estudio resolviendo formulas complicadas y debatiendo entre nosotros como si no fuera solo una carta. Las leemos de atrás hacia delante y del centro hacia fuera intentando nutrirnos o conseguir alguna verdad oculta entre los números, todo esto para terminar más confundidos que cuando iniciamos el estudio.

Jesús simplificó las escrituras, las hizo manejables. Los fariseos invertían su tiempo en analizar trivialidades sobre la ley de Moisés, hicieron del judaísmo una ciencia casi exacta. El caso no era conocer a Jehová, quien se reveló en amor a los hombres, en su idioma. Se trataba de medir. Medir la distancia entre versículos, el grosor de la tinta, la separación entre las consonantes. En vez de seguir midiendo o complicando Jesús simplificó:

Uno de ellos, experto en la ley, le tendió una trampa con esta pregunta: Maestro, ¿cuál es el mandamiento más importante de la ley? Áma al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente –le respondió Jesús–. Éste es el primero y el más importante de los mandamientos. El segundo se parece a éste: Áma a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas.

¡Simple! Nada más fácil ni preciso, era tan simple que dejaba fuera cualquier posibilidad de jactancia personal, para lamento de los expertos.

Viendo la situación actual, considero que en el siglo pasado nuestros programas de discipulado eran perfectos para capacitar arquitectos bíblicos, pero un fracaso para desarrollar creyentes maduros. Se fomentaba la complejidad y con ella el ego, un cristiano podía tener renombre por su “profundidad” pero ser un niño por su inmadurez. Si Pedro, un pescador inculto, hubiera sido creyente de este siglo, nunca hubiera dejado el banco, sería un creyente inmaduro.