Alguien me preguntó hace unos días las razones por las cuales mantenía este espacio en la red, después de pensarlo conseguí una razón: conversar. Si dejo algo en este lugar es porque no tengo todas las respuestas, cuando libero las ideas que tengo presas en mi cabeza ellas tienen la oportunidad de volar, de vez en cuando penetran en otros mundos desde donde regresan aumentadas, transformadas o aclaradas.
La conversación es un elemento inseparable del la reforma protestante. En cierto modo, Martín Lutero clavó sus tesis en la puerta de una parroquia diciéndole al papa León X: ¡Hey, León!, aquí te dejo unas cuantas ideas para que conversemos. Tú léelas y me dejas saber.
Nosotros, los cristianos, tenemos problemas para comunicarnos, por eso no salimos a la calle a interactuar con la gente, sino, con megáfono o tratados, a gritarles. Podemos lanzar versículos a noventa millas por hora, pero nos alteramos grandemente cuando nos devuelven el golpe, o la idea. Nadie debe levantar la mano, a menos que sea para convertirse.
Parte del protocolo no escrito en la predicación es que si alguien intenta interrumpir nuestro santo sermón pecará de irreverente. A diferencia de Jesús, quien en vez de sermonear conversaba, nosotros amamos los monólogos largos, sabemos subimos a un púlpito de caoba con la última palabra en la mano, a dar razones concluyentes que no ameritan la más mínima discusión, o las tomas o las tomas.
El mayor logro en cuando a la predicación se refiere, no estará relacionado con la hermenéutica o la exégesis, sino con la participación. Para compartir la palabra con las nuevas generaciones debemos bajar del pulpito, de nuestra nube, para ir a conversar con el pueblo. Dejar de creernos doctores, para vernos como somos, simples creyentes, con tantas preguntas como los demás y en las mismas condiciones de aprender que ellos. No tenemos la última palabra, pero podemos llegar juntos a la única verdad.
Retroalimentación: Puedes usar el siguiente formulario para enviar cualquier pregunta o comentario sobre este artículo directamente al autor. (Ni tu comentario ni tus datos serán publicados.)
Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.
Los Salmos son expresiones emocionales que emanan de las convicciones de hombres muy profundos y a la vez sensibles como el rey David. Hombres que podían llorar ante la desesperación y al mismo tiempo encontrar consuelo en las firmes promesas de Dios.