Después de leer algunos artículos que he dejado en este lugar, uno que otro lector inquieto me pregunta si pertenezco al movimiento de iglesias en las casas o alguna de esas congregaciones “extrañas”, de las que funcionan en el submundo evangélico de las catacumbas. Estos correos me causan mucha risa. Para su sorpresa, les respondo que me congrego en una iglesia con edificio bonito (recientemente remodelado), de las que tienen letrero en la entrada (el nuestro dice Asambleas de Dios), en bronce, y bancos de madera preciosa. También está llena de personas liadísimas que ocupan ordenadamente sus bancos, y el amor no nos falta.
Aunque he vivido poco, por circunstancias variadas he tenido del privilegio de conocer de cerca tres congregaciones diferentes, y un poco la iglesia católica, con sus impresionantes catedrales. En años de pulir bancos he aprendido que el calor de una congregación no depende de su número de miembros, ni del tamaño de su edificio (si tiene). Hay iglesias casi personales, con dos o tres miembros, con más conflictos que las megaiglesias, donde se congregan miles.
Existen tantas congregaciones distintas como personas y culturas habitan este planeta, Dios es creativo, y pienso que disfruta de cada una de ellas. Mi deseo es alcanzar una expresión de iglesia relevante para mi generación, no sacar de su catedral renacentista a las amigas de mi abuela.
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Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
Cualquiera podría pensar que la iglesia del Señor es un lugar ideal, uno en el que no existen los conflictos y si acaso se presentara alguno se resolvería de forma rápida y sin mayores dificultades. No, eso no es así. La iglesia es una familia real, una en la que las diferencias y desavenencias se presentan día tras día entre hermanos que no siempre logran ponerse de acuerdo, por lo menos, no en el momento.
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
El mejor maestro es aquel que puede mostrarnos a Cristo más claramente, un instrumento de un fin más allá de él mismo y que cuando mejor hace su trabajo es cuando menos logra verse.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.