Ayer (31 de Octubre) se celebró el aniversario de la reforma protestante, estuve leyendo una buena reflexión sobre el tema titulada: La reforma y la identidad protestante. En mi opinión, como ya he mencionado antes, los creyentes de este tiempo mostramos la reforma como un trofeo, acomodándonos así a lo que ya tenemos como si fuera un asunto terminado. Les dejo un extracto.
El éxito de la Reforma:
Hay un teólogo alemán, Wolfhart Panneberg, que resume esto con una frase muy dura, pero muy cierta: en realidad no tenemos motivo para celebrar el nacimiento de las iglesias protestantes como algo distinto de una única iglesia, porque la existencia de las iglesias protestantes no es una prueba del éxito de la Reforma, sino de su fracaso. Sé que esta declaración es muy fuerte y puede prestarse para malas lecturas, por lo que conviene detenernos un poco más en ella: lo que Pannenberg afirma no se refiere al mensaje de los reformadores, no es que éste constituya el fracaso. Ni es que las iglesias protestantes configuren necesariamente el fracaso. Pero sí nacieron de él, son la prueba de que la Reforma no triunfó donde debía. Porque el mensaje de los reformadores no fue aceptado donde ellos querían: toda la Iglesia. Éste es el fracaso, y de él nació el protestantismo.
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En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.
Los Salmos son expresiones emocionales que emanan de las convicciones de hombres muy profundos y a la vez sensibles como el rey David. Hombres que podían llorar ante la desesperación y al mismo tiempo encontrar consuelo en las firmes promesas de Dios.