Casi todos los ministerios que iniciaron las iglesias el siglo pasado estuvieron alineados a la personalidad, valores, cultura y tradición de un líder dominante. Es asombrosa la habilidad que tienen las iglesias para dividirse o los miembros para cambiar de iglesias. Cuando se observan de cerca los motivos casi siempre son iguales, en ese lugar no había espacio para mí.
Muy pocos creyentes descubrieron sus dones en esas estructuras dominantes. La justificación de un ministerio podía ser fácilmente encontrada en la expresión: él quiere que haga. El pastor identificaba una necesidad y creaba un comité con las personas que creía adecuadas. No importaba si el miembro se sentía a gusto haciendo ese tipo de trabajos o si la responsabilidad asignada estaba relacionada con sus propios sueños. Nadie podía desentonar de la visión, sométete a mí o salta del barco.
Debe emerger un nuevo estilo de liderazgo con la suficiente capacidad para articular visiones compartidas por medio de los sueños comunes. Para alcanzar la expresión de iglesia que alcanzará las nuevas generaciones necesitamos abandonar nuestras ambiciones egoístas y unilaterales, permitir que la gente sueñe dentro de las iglesias con lograr grandes cosas para Dios. A fin de cuentas, nadie es feliz viviendo el sueño ajeno.