Cuando comparto la palabra con jóvenes de mi generación les digo que podemos lograr grandes cosas, tal vez hasta lleguemos a ser la generación más fructífera de la historia. Tenemos muchos recursos para lograrlo, pero de todos ellos el más importante es nuestro dolor.
El tamaño de un ministerio se mide por el tamaño del sufrimiento. David fue un gran rey, tenía la humildad para pedir gracia y la fe necesaria para confiar en Dios. Revolucionó la vida espiritual de Israel haciendo de Jehová, un Dios distante para la mayoría de los reyes, su Dios personal. David fue valiente, y hasta decidido, pero no fue esto lo que le capacitó para lograr grandes cosas. Él experimentó en su vida el rechazo, la frustración y la persecución, esta fue su más valiosa experiencia.
Mi generación dará mucho fruto porque mi generación está sufriendo. Somos los hijos sin familia, la generación del desencanto, los incomprendidos. Más de la mitad de mis amigos vive hoy sin uno de sus padres y algunos ni siquiera conocieron lo que es un hogar. Nosotros no tenemos mucho que mostrar, solo contamos con corazones destrozados y sueños frustrados, pero de ahí, de donde nadie podría sacar algo bueno, Dios puede hacer los más grandes ministros. Ninguna generación ha sufrido tanto como la nuestra y ninguna generación está en mejores condiciones de glorificar a Dios como nosotros.
La forma más rápida de madurar es sufrir, nadie crece visitando Disney. Si queremos lograr grandes cosas no podemos pretender ignorar nuestro dolor, no se trata de aparentar que vivimos una vida perfecta y que todas las cosas están donde deberían estar. El dolor nos capacita para ministrar la gente y nos hace sensibles a sus necesidades, además, nos convierte en testimonio vivo del amor, el poder y la gracia de Cristo expresada a través de nosotros.
Cuando veo un joven sufriendo veo un ministro en potencia, trato de imaginar el día en que Dios secará sus lágrimas y le permitirá ministrar con su experiencia las necesidades de la gente. Los más grandes líderes de mi generación no saldrán de los seminarios bíblicos, tendremos que irlos a buscar en las familias destruidas. Pídele a Dios que te quite cualquier cosa, pero nunca tus experiencias de dolor.