Cuando comparto la palabra con jóvenes de mi generación les digo que podemos lograr grandes cosas, tal vez hasta lleguemos a ser la generación más fructífera de la historia. Tenemos muchos recursos para lograrlo, pero de todos ellos el más importante es nuestro dolor.
El tamaño de un ministerio se mide por el tamaño del sufrimiento. David fue un gran rey, tenía la humildad para pedir gracia y la fe necesaria para confiar en Dios. Revolucionó la vida espiritual de Israel haciendo de Jehová, un Dios distante para la mayoría de los reyes, su Dios personal. David fue valiente, y hasta decidido, pero no fue esto lo que le capacitó para lograr grandes cosas. Él experimentó en su vida el rechazo, la frustración y la persecución, esta fue su más valiosa experiencia.
Mi generación dará mucho fruto porque mi generación está sufriendo. Somos los hijos sin familia, la generación del desencanto, los incomprendidos. Más de la mitad de mis amigos vive hoy sin uno de sus padres y algunos ni siquiera conocieron lo que es un hogar. Nosotros no tenemos mucho que mostrar, solo contamos con corazones destrozados y sueños frustrados, pero de ahí, de donde nadie podría sacar algo bueno, Dios puede hacer los más grandes ministros. Ninguna generación ha sufrido tanto como la nuestra y ninguna generación está en mejores condiciones de glorificar a Dios como nosotros.
La forma más rápida de madurar es sufrir, nadie crece visitando Disney. Si queremos lograr grandes cosas no podemos pretender ignorar nuestro dolor, no se trata de aparentar que vivimos una vida perfecta y que todas las cosas están donde deberían estar. El dolor nos capacita para ministrar la gente y nos hace sensibles a sus necesidades, además, nos convierte en testimonio vivo del amor, el poder y la gracia de Cristo expresada a través de nosotros.
Cuando veo un joven sufriendo veo un ministro en potencia, trato de imaginar el día en que Dios secará sus lágrimas y le permitirá ministrar con su experiencia las necesidades de la gente. Los más grandes líderes de mi generación no saldrán de los seminarios bíblicos, tendremos que irlos a buscar en las familias destruidas. Pídele a Dios que te quite cualquier cosa, pero nunca tus experiencias de dolor.
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Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.
Los Salmos son expresiones emocionales que emanan de las convicciones de hombres muy profundos y a la vez sensibles como el rey David. Hombres que podían llorar ante la desesperación y al mismo tiempo encontrar consuelo en las firmes promesas de Dios.