Hace unos meses leí la mitad de un libro sobre estrategia (muy común en mí, leer por trozos) que me dejó una expresión en la mente:
El método del estratega es simplemente cuestionar los supuestos existentes con una sola pregunta: ¿Por qué? Y hacerles esta pregunta sin descanso a los que tienen la responsabilidad por la manera actual de hacer las cosas hasta que se aburran.
No sé en que momento sucedió, pero nosotros, que iniciamos una reforma dentro de la iglesia católica colgando preguntas en las puertas de las parroquias, ya somos tanto o más conformista que ellos. Y sí, seguimos cobrando indulgencias. Al cristiano de este tiempo no se le permite cuestionar, si lo hace se dispara el procedimiento de mordaza:
Perdimos ese espíritu radical con que iniciamos esto, al parecer la reforma terminó en el instante que conseguimos los asuntos básicos. ¿Y con lo demás, que hacemos? ¿Nos quedamos callados ante los León X modernos que quieren construir las nuevas basílicas de San Pedro utilizando el evangelio de las vacas gordas? En los tiempos de Lutero nos decían que cuando el dinero sonaba en la caja, el alma saltaba al cielo. Ahora nos dicen que en el momento que enviamos nuestra aportación se desata la bendición, desaparece la deuda o recibimos el milagro. Pero debemos cerrar la boca.
La reforma debe ser un proceso constante y radical, tenemos que seguir haciendo preguntas. No podemos pretender que ya todas las cosas en su lugar, todavía leo el libro de los hechos y encuentro grandes diferencias. Y sigo viendo a León X en la pantalla de mi televisor.
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En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.
Los Salmos son expresiones emocionales que emanan de las convicciones de hombres muy profundos y a la vez sensibles como el rey David. Hombres que podían llorar ante la desesperación y al mismo tiempo encontrar consuelo en las firmes promesas de Dios.