Continúo el tema de la expresión de iglesia que alcanzará mi generación, y los obstáculos que tenemos que enfrentar para lograrla. He conseguido algunas cosas que nos detienen, hoy mencionaré otra de ellas: la costumbre.
La costumbre no siempre es mala, pues es la forma común en que actuamos los seres humanos. Nos acostumbramos a levantarnos a determinada hora, asearnos el cuerpo, lavarnos los dientes, comer tres veces al día y practicar una serie de actividades diarias que nos mantienen vivos. Nadie tiene que hacer un esfuerzo por recordar estas cosas, las hacemos casi por instinto.
Aunque las costumbres tienen su utilidad, al mismo tiempo son peligrosas, en especial cuando se trata de relaciones. La vida cristiana se experimenta en una relación viva con la novia, la iglesia, pero las rutinas terminan asfixiándonos. Se puede resumir la vida de la iglesia contemporánea como una serie de visitas al templo en determinados días. Una cuota de alabanzas, cuatro sermones y un tiempo de estudio bíblico en la escuela dominical. Esta es la dieta alimenticia promedio. Un buen creyente es aquel que puede mantener la constancia de esta rutina por un largo periodo de tiempo.
La costumbre es peligrosa, pues bloquea nuestro cerebro ante nuevas posibilidades. A mí me pasa algo interesante, si salgo de mi casa en la mañana a hacer alguna diligencia y no estoy muy atento, termino llegando a la oficina. Estoy tan acostumbrado a llegar todos los días en la mañana al trabajo que tengo que hacer un esfuerzo adicional para cambiar mi rutina. Cada domingo, los cuerpos de una multitud de creyentes se ponen en piloto automático, se dirigen hacia el templo a practicar unas determinadas actividades. Lo hacemos sin darnos cuenta, de forma mecénica.
Una reunión de iglesia diferente en nuestros días es aquella en donde los hermanos pueden pararse varias veces de su banco para volver a sentarse. Cantamos sentados y cantamos de pie, pero a fin de cuenta hacemos lo mismo que venimos haciendo hace años. Si ponemos ante Dios un video cassette la semana entrante puede ser que ni siquiera note la diferencia.
La iglesia del siglo primero no tenía un programa elaborado, pero podía celebrar la presencia de Dios entre ellos en una reunión diferente semana tras semana. Su reunión no era profesional, pero sí espontánea. Nuestro reto es volver a cantar para Dios un nuevo canto, eliminar la rutina que está matando nuestra relación para volver a experimentar lo que es la vida de la iglesia.