Nada sucede hasta que alguien no decide moverse, pero el impulso para el movimiento se consigue de en diferentes lugares. Ernesto Che Guevara pospuso sus planes inmediatos para encontrar el sentido de su vida observando Sudamérica. Una motocicleta, un diario y un amigo. Era un viaje de reconocimiento geográfico, pero chocó de frente con un muro de miseria, injusticia y desigualdad que lo puso en movimiento. Walter Salles, guiado por Alberto Granado, su compañero de viajes, llevó la historia al cine en su película Diarios de Motocicleta.
Lo mismo pasó con Nehemías, quien estaba relativamente acomodado entre los deportados. Al enterarse de la condición en que vivía su gente y la situación de su nación también se puso en movimiento. Cuando me encuentro con creyentes desencantados con la iglesia, enfermos por la tradición o altamente heridos y desmotivados les pregunto que están haciendo para cambiar la realidad actual, solo me responden que esperan, sin moverse.
Después de hacer un largo viaje por varias congregaciones y leer mi Nuevo Testamento terminé convenciéndome de que como iglesia al día de hoy no tenemos todo lo que podemos llegar a tener ni somos todo lo que podemos llegar a ser, pero por lo menos somos iglesia, para bien o para mal. Cuando comparo la expresión de la novia que disfrutamos en este tiempo, abriendo el siglo XXI, y la que teníamos en el siglo primero, hay grandes diferencias. No veo bancos, vitrales, pulpitos ni directivas, pero a fin de cuenta eso no es lo más preocupante. Lo más alarmante es que nos falta el amor, la cercanía y el calor que mantenía unida y caminando la iglesia primitiva, y tenemos que hacer algo.
He estado barajando opciones en mi mente de lo que se puede hacer para alcanzar una expresión de iglesia que impacte mi generación como impactó la suya la iglesia del libro de los hechos. Ya he tratado el tema con otras notas al respecto, dejo esta a modo de introducción, luego quizás las ordene al unirlas con las demás. Mañana continúa.