Con este artículo termino la serie sobre el pecado. En el primero hablaba de los dos pasos iniciales para salir de el: convencimiento y arrepentimiento. El segundo artículo fue sobre el proceso de sanidad interior, donde reconocemos y disfrutamos la restauración de Dios en nuestras vidas. Hoy termino con el tercer y último paso para vencerlo y la forma de salir de las recaídas: la dependencia.
Recuerdo la forma en que aprendí a montar bicicleta, toda una tarde experimentando con el método de prueba y error. Contaba las veces que podía girar completamente los pedales sin ser lanzado al suelo. Terminé aprendiendo, pero con las rodillas maltratadas. Por lo menos me evité la vergüenza de andar como otros de mis amigos, con dos rueditas detrás para mantener el equilibrio. Mantenerse fuera del pecado es como montar bicicleta, pero con las rueditas, como los niños.
Hablando de equilibrio, muchos creyentes caminan fuera del pecado como si estuvieran sobre la cuerda floja. Hacen un gran ejercicio mental para mantener el equilibrio mientras van contando los pasos. Un día sin pecar, tres días sin pecar, una semana, tres meses. Sienten el vértigo desde las alturas que les avisa que están por caer. Mantenernos fuera del pecado utilizando nuestras propias fuerzas crea ansiedad, la ansiedad desesperación y la desesperación nos envía directamente al punto de inicio: el mismo pecado.
Después de convencernos de nuestra falta, arrepentirnos pidiendo perdón y ser restaurados por medio de la sanidad interior necesitamos depender totalmente de Dios. Una de las técnicas para aprender a montar bicicleta es correr con alguien detrás que con una mano nos mantiene en equilibro. Vamos pedaleando muy confiados, sabemos que no iremos al suelo porque alguien nos sostiene. En el momento menos pensado estamos corriendo a toda velocidad sin nadie detrás, la confianza nos ayuda a abandonar nuestros temores.
Es mejor tener un plan B, o plan C que estar atemorizados. La lucha libre mexicana no es a una caída, sino a tres. No se trata de un enfrentamiento de una sola batalla donde pierde el luchador al que le cuentan tres debajo del contrario. Son muchos pleitos, uno detrás del otro. El hecho de que tengamos una caída, o recaída, no nos hace perdedores, es más, si hoy tuve una recaída es porque ayer pude vencer, eso no me desmotiva, sino que me da más fuerza. Solo recae el que venció anteriormente.
En cada enfrentamiento con el pecado, ganemos o perdamos, tomamos experiencia. Lo importante es colocarse por encima de la circunstancias, saber que una caída no es el fin del mundo, siempre hay nuevas oportunidades y cada vez estaremos en mejores condiciones de vencer. Cuando caigamos no debemos quedarnos pensando en el lodo, hay que seguir nuevamente de forma mecánica los tres pasos: Convencimiento, Arrepentimiento y Dependencia.
Si queremos ganar la batalla tenemos que hacer un equipo ganador, junto a Dios. Todo buen ejército hace cambios sobre la marcha, nadie termina la batalla de la misma forma que la inició. Después de caer podemos hacer correcciones: apartarnos de una relación poco saludable, evitar algún tipo de situaciones o alejarnos de un ambiente que nos afecta. Para sacar ventaja de la caída debemos mantener una aptitud racional sobre el pecado, no emocional.