Frecuentemente converso con amigos de asuntos relacionados con la cultura cristiana, me he llevado más de una sorpresa cuando llegamos al tema de la música. Sé que mis gustos musicales son un poco alternativos, o no convencionales, pero como solo vivo para Cristo no tengo temor de comunicarlos abiertamente. En ocasiones el último tema de la reunión llega cuando anuncio las bandas que escucho, algunos quedan tan desconcertados que prefieren salir corriendo hasta sus casas, o iglesias, para no arriesgarse a ser contaminados.
Los más fuertes, esos que siguen escuchando después te asimilar la terrible noticia de que un evangélico escucha algo más que la música de Rojo o Danilo Montero, tienen su segundo chance de emprender la huida cuando les comunico mis impresiones sobre la música cristiana. Quiero limitarme al tema del contenido, pues en otras ocasiones ya he hablado de las industrias del disco cristiano, donde también hay mucha tela por donde cortar. Algunos han dicho que la música cristiana no existe como tal, sino más bien música con letras cristianas, pero ese es otro tema. Cuando hablo de música cristiana me refiero a aquella destinada para el selecto consumo de los creyentes y que en algunos casos se propone adorar a Dios.
Mi argumento es el siguiente: Considero que gran parte de la música cristiana que últimamente nos hacen consumir es poco sincera, poco humana y repetitiva. Casi siempre trata de individuos felices, rendidos a Dios y pasándola extremadamente bien en este planeta. Bromeaba con un amigo y le decía que si le daba once hojas de papel (o servilletas), a un joven cristiano para que escriba las letras de un CD, se parecerían más a las canciones de Fito Páez que a las de Marcos Witt.
Pongo un ejemplo. El siguiente fragmento de una canción de Fito Páez es para mí un vivo retrato de los sentimientos de mi generación:
En tiempos donde nadie escucha a nadie, en tiempos donde todos contra todos, en tiempos egoístas y mezquinos, en tiempos donde siempre estamos solos. Habrá que declararse incompetente, en todas las materias de mercado. Habrá que declararse un inocente o habrá que ser abyecto y desalmado.
Antes que lleguen los hermanos radicales con la mordaza en la mano quiero aclarar que con esto no digo que comparta el contenido completo de las 12 canciones de la producción Abre (1999) de ese cantante. Es más, la misma canción de donde saqué esas letras dice asuntos muy raros. Los hermanos de oídos más sensibles pueden pasar el siguiente fragmento:
Me gusta estar al lado del camino, fumando el humo mientras todo pasa, me gusta abrir los ojos y estar vivo, tener que vérmelas con la resaca. Entonces navegar se hace preciso, en barcos que se estrellen en la nada, vivir atormentado de sentido, creo que esta, sí, es la parte más pesada.
Bien, ya si se complicó, la canción cometió un grave pecado al hablar de fumar y resacarse, sin dejar de mencionar los barcos que se estrellan en la nada. Perdónenme de nuevo, pero todavía creo que es una canción sincera. Es más, vivo a diario en contacto con personas como esas: bebedores, fumadores, deprimidos y atormentados. Quizás el único pecado de Fito Páez fue salir a la calle y tomarle una foto en letras a lo que todos sabemos pero muy pocos mencionamos. Esa es nuestra generación, bienvenido al mundo real.
Fiódor Dostoievski, uno de mis novelistas favoritos, se embriagaba y jugaba a la ruleta como solo él sabía hacerlo, pero aun así escribió buenos libros. No puedo juzgar la obra contemplando la vida de su autor. Si para escribir o cantar se necesitara una buena vida David nunca hubiera podido entonar una nota. Muchos de los artistas del renacimiento, esos que pintaban capillas y murales cristianos, eran homosexuales. Su estilo de vida no era compatible con sus obras, pero eso no quiere decir que su calidad sea menor. Conozco una señora que hace un moro de guandúles con chivo muy sabroso, pero lamentablemente no vive con su marido y su vocabulario no es tan bueno como su sazón.
Me gustan muchos los salmos, pues son muy sinceros. David podía perfectamente decir que Jehová era su pastor y al mismo tiempo gritar de desesperación y angustia cuando se sentía perseguido. Hay salmos muy fuertes y expresivos como el 137, el cual no se lo cantaría ni a mi peor enemigo:
Hija de Babilonia, que has de ser destruida, ¡dichoso el que te haga pagar por todo lo que nos has hecho! ¡Dichoso el que agarre a tus pequeños y los estrelle contra las rocas!
Es un salmo bien duro, pero es el grito desesperado de un hombre real con un dolor real que expresa con palabras reales las cosas que realmente siente. No creo que el salmista estuviera muy preocupado por cantar salmos “comerciales” o hacer música que suene bien y pueda ser tocada en el culto del domingo. Los salmos son canciones de situaciones vividas, no imaginadas, asuntos de la vida diaria de los que le pueden suceder a cualquier ser humano.
Si deseo alcanzar para Cristo a mi generación debo entenderla. Creo que la iglesia debe pararse al lado del camino para ver pasar a personas como Fito, Dostoievski o David. Gente real con dolores y necesidades reales hablando y cantando de realidades. Cantemos lo que sentimos, no lo que deberíamos sentir. No puedo ministrar las necesidades de la gente si no se cuales son, ellos están desesperados por ser comprendidos y ayudados.
Si alguna vez me cruzas por la calle, regálame tu beso y no te aflijas, si ves que estoy pensando en otra cosa no es nada malo, es que pasó una brisa.