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Competencias de versículos

Rafael Pérez 31 October 2005 : 4:39 pm 1,075 Lecturas

GuantesMe divorcié de los deportes hace unos años, el último que practiqué formalmente fue la competencia inter-religiosa de versículos. Es un buen ejercicio, el único problema es que casi nunca queda claro quien se va con la victoria. En tiempos anteriores, cuando estaba en mejores condiciones, me quedaba sentado en la galería de mi casa la mañana del sábado a la espera del primer contrincante. La mayoría de las veces podía disfrutar del enfrentamiento con un rival Testigo de Jehová, muy buenos deportistas, aunque no gustan del combate uno a uno, pues prefieren la lucha en pareja.

Me consideraba un deportista preparado, contaba a mi favor con una buena colección de revistas Atalaya, previamente analizadas con notas al margen. Adicional a esto, guardaba celosamente anécdotas varias capaces de poner en aprietos a cualquier luchador novato. Tenía contacto con una buena comunidad de luchadores quienes me fortalecían facilitándome sus apuntes, experiencias y técnicas probadas con relativo éxito en el campo de batalla.

Debo decir que tenía mis reglas. Así como hay luchadores con cábalas raras como no luchar en martes o subir al cuadrilátero por encima de determinada cuerda, yo exigía siempre pelear en mi terreno, si querías luchar conmigo tenías que venir. Creo que mi casa de la calle Universo 36 alcanzó renombre en el medio deportivo, en su galería se libraron memorables combates.

Ayer, mientras practicaba con algunos jóvenes en el campamento de mi iglesia otro deporte interesante (el balanceo sobre columpios), disfrutaba de la competencia que se estaba celebrando justamente al lado.

Estábamos en un lugar bastante alejado de la ciudad, un campo casi inaccesible, pero allá llegaron dos fuertes púgiles, Atalaya en mano. Mi pupilo evangélico, de esos que no barajan pleito, presentó defensa en solitario, uno contra dos. Aunque ya casi no me pongo el uniforme, todavía conservo el espíritu deportivo, y aunque mi brazo ya no lance versículos a noventa millas por hora me queda la satisfacción de presenciar el pleito.

Los evangélicos no somos deportistas muy organizados, admiro por eso a los representantes de los demás equipos. Podemos terminar de comer y fácilmente arremangarnos la camisa para la batalla. A diferencia de nosotros, los peleadores de otras religiones siguen un programa formal de entrenamiento, hacen los ejercicios de calentamiento rigurosamente y suben al cuadrilátero con su uniforme combinado. El luchador evangélico es más práctico que formal, puede pelear con o sin herramienta, si nos falta la Biblia utilizamos los dientes.

El pleito que presenciaba se desarrollaba parejo. Aunque no hay reglas claras para este deporte se estila el combate progresivo. Se inicia como en cualquier competencia, con un saludo formal de palabras entre dientes y miradas de reojo, pasando luego a estudiar el estilo del contrario para atacar sus puntos débiles. El representante evangélico, como es característico en nosotros, no tenía una estrategia definida, intentaba golpear al contrario por tantos puntos fuera posible: historia de su religión, doctrina o hasta asuntos prácticos como las transfusiones de sangre. El otro lado era más elegante, enérgicamente contrarrestaba el ataque con un sistema de referencias cruzadas bastante sincronizado, mientras uno hablaba el otro buscaba nuevos versículos con sorprendente agilidad.

Como en el quinto asalto, mi espíritu deportivo me traicionó, terminé lanzándome del columpio para caer en medio del pleito sin la invitación de nadie. Me había prometido a mi mismo no volver a discutir con religiosos, pero la tentación me venció. Sin Biblia, sin calentamiento y sin presentación terminé pegando versículos, puñetazos y una que otra mordida. A ese punto ya no se estaba intentando llegar a un sitio, ya no importaba mucho entregar la respectiva cita al lado de cada versículo, como es la costumbre, el objetivo era conectar tantos golpes como fuera posible en el menor tiempo.

En el momento más agrio de la batalla se podían ver los creyentes saliendo por encima de las cuerdas y las doctrinas por los aires. Cuando menos lo esperabas recibías un golpe donde más te dolía. Se perdió el formalismo acostumbrado y se dejaron de guardar las apariencias, ya no importaba mucho la técnica o la elegancia en los movimientos, era una pelea callejera.

El pleito terminó cuando la velocidad del combate no permitió que se pudieran ir rematando los versículos, que es el punto más fuerte de los contrarios. Dijeron que de esa forma no podían seguir peleando y me acusaron de irreverente cuando los dije que la iglesia primitiva peleó durante trescientos años a “mano pelá”, antes de que se terminara de armar el canon de la Biblia. Ellos se fueron a otra casa y nosotros para el río, a limpiarnos la sangre. Los cuatro nos creímos ganadores.

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Rafael PérezRafael Pérez (Pastor)
Conoció al Señor en el Templo Evangélico de la 19 de Marzo (1989) —Azua—, sirvió durante diez años en la Iglesia de Lucerna (Asambleas de Dios) y como maestro en varias congregaciones de Santo Domingo. También ha trabajado para el Departamento de Publicaciones de las Sociedades Bíblicas Unidas (SBU). En Abril del 2008 comenzó junto a su familia y un grupo de amigos la Comunidad Cristiana PezMundial. Rafael es Administrador de Empresas y vive en Santo Domingo (República Dominicana) junto a su esposa Carolina.

Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com

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