Salvador Dalí, al ser expulsado por André Bretón del movimiento surrealista, se despidió con una presuntuosa frase lapidaria, cargada de expresión y verdad:
¡No podéis expulsarme porque yo soy el Surrealismo!
No soy surrealista, tampoco tengo el ego de Dalí, pero me siento en la confianza de decir con la boca abierta: ¡Yo soy la iglesia! Me cansé de pensar que la iglesia tiene que cambiar, que tiene que abrirse a la gente, que tiene que ir en busca de los perdidos. Yo soy la iglesia, yo iré por ellos.
En los años que trabajé en el ministerio con jóvenes me irritaban grandemente las interesantes propuestas de los hermanos. Yo creo que deben hacer… Pienso que no están haciendo… Necesito que hagan… No había ni una sola buena idea que no implicara la participación de un tercero, muy lejano al promotor. Es muy fácil ser creativo, lo difícil es convertir las ideas en realidades.
Me encantaría que la iglesia se mueva, sería muy feliz al ver que nos abrimos al mundo siendo sensibles a nuestra generación, pero si nadie se mueve lo haré yo. ¿Qué hay que hacer? De ser necesario, estoy dispuesto a revolcarme en el lodo con los cerdos, pues no he dudado ni un momento de mi identidad en Cristo. No le temo a la oscuridad, yo soy la luz, no temo a corromperme, yo soy la sal.
Me cansé de estar sentado esperando mejores tiempos, nada sucede hasta que alguien no comienza a moverse. Si lo que se necesita es un loco que pinche la burbuja aquí estoy yo y tengo la aguja en la mano.