Desde que tomé la decisión de ser un cristiano primitivo viviendo en pleno siglo veintiuno he tenido avances significativos. Creo que los creyentes como yo, que echamos los dientes correteando entre los bancos de la iglesia, somos los más insensibles hacia las reales necesidades de la gente, y por esto, nos será mucho más difícil traer a Cristo nuestra generación.
No estoy haciendo un éxodo ni nada parecido, sino tratando de quitarme de encima el traje religioso y poco sincero para vivir mi vida para Cristo, y nada más. No estoy tratando de salir, sino de entrar al verdadero evangelio. Entiendo que no puedo complacer a todo el mundo y al mismo tiempo levantar la bandera de fidelidad, pues el cristianismo que comúnmente se maneja por estos lados tiene una fuerte carga de asuntos aceptados por imposición, tradición y cultura que poco a poco termina asfixiando a los más fuertes o lanzado al mundo a los más débiles. Prefiero ser un primitivo apasionado por Cristo que un fundamentalista enfermo por la religión.
He decidido comprometer mi vida con este reino, pero para no morir en el intento tengo que marcar la diferencia entre la causa de Cristo y la de la hermana fulana. Si algo he visto en estos años de iglesia es que lo que para algunos hoy es relevante tal vez mañana no lo sea tanto, o mucho peor, sea un asunto trivial. Cada creyente tiene un librito de la ley que desea instalar en cuantos cerebros estén a su alcance. Gran parte de la cultura y cosmovisión de la iglesia es la forma de ser de sus líderes, y si anclo mi barco en sus ideas es probable que muy pronto termine a la deriva, no hay nada más cambiante que el corazón de los hombres.
No puedo ser sincero y complaciente al mismo tiempo, solo estoy dispuesto a guiarme por verdades. Ya el temor me afecta poco, no creo en argumentos simplistas o tradiciones de los hombres. Salir del molde no es para débiles, solo los rebeldes logran grandes cosas.
Estoy decidido a mover el agua, a levantar la mano, la voz, a convertirme en el punto negro, en el objetivo. Veo los dardos de la tradición cruzar sobre mi cabeza, veo el sistema tratando de someterme. Como dijo Gandhi: Primero te ignoran, luego se burlan, después te atacan; entonces vences.