De las cosas que me molestan de nuestra cultura de iglesia en República Dominicana es que adoramos a Dios como si fuéramos rusos, vivimos como ingleses y nos congregamos como alemanes.
Nunca he entendido como es que en un país tropical como el nuestro, con un clima caluroso, podemos congregarnos como esquimales, con ropas largas e incomodas. Dios es creativo, en su sabiduría creó culturas diferentes para que hagan lo mismo, adorarle, pero en formas distintas. Me imagino a Dios en el cielo pasando los canales para encontrarse con que todas las culturas que creó diferentes le están adorando con el mismo uniforme. ¡Que desperdicio! Él nos pintó multicolor y nosotros funcionamos a blanco y negro.
A veces bromeo con mis amigos diciéndoles que no quiero ver iglesias gringas, para no americanizarse. No se trata de ser antiyanqui, sino de evitar que se embote la herramienta más poderosa que tengo para establecer el reino en mi país: mi dominicanidad. Con relación a las misiones pasa lo mismo, tenemos chinos en Rusia y dominicanos en África. Es extender el reino caminando por la tangente.
Tenemos que vivir un cristianismo sensible a nuestra cultura. No puedo pretender hacer el mensaje relevante para un dominicano, que es esencialmente informal, predicándole de traje y corbata. La personalidad del dominicano es totalmente contraria a nuestra cultura de iglesia. Los dominicanos somos informales, joviales y participativos. Nuestros cultos son formales, profesionales y totalmente unilaterales, tres participan y cuatrocientos reciben. Después nos preguntamos las razón por la cual las palabras iglesia e infierno son sinónimas para los no creyentes. Si esa es la expresión del reino de Cristo no quiero imaginarme lo que será el cielo.
La misión de una iglesia en esta media isla no puede ser otra que vivir para Cristo como dominicanos haciendo su mensaje relevante para las nuevas generaciones.
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Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.
Los Salmos son expresiones emocionales que emanan de las convicciones de hombres muy profundos y a la vez sensibles como el rey David. Hombres que podían llorar ante la desesperación y al mismo tiempo encontrar consuelo en las firmes promesas de Dios.