De las cosas que me molestan de nuestra cultura de iglesia en República Dominicana es que adoramos a Dios como si fuéramos rusos, vivimos como ingleses y nos congregamos como alemanes.
Nunca he entendido como es que en un país tropical como el nuestro, con un clima caluroso, podemos congregarnos como esquimales, con ropas largas e incomodas. Dios es creativo, en su sabiduría creó culturas diferentes para que hagan lo mismo, adorarle, pero en formas distintas. Me imagino a Dios en el cielo pasando los canales para encontrarse con que todas las culturas que creó diferentes le están adorando con el mismo uniforme. ¡Que desperdicio! Él nos pintó multicolor y nosotros funcionamos a blanco y negro.
A veces bromeo con mis amigos diciéndoles que no quiero ver iglesias gringas, para no americanizarse. No se trata de ser antiyanqui, sino de evitar que se embote la herramienta más poderosa que tengo para establecer el reino en mi país: mi dominicanidad. Con relación a las misiones pasa lo mismo, tenemos chinos en Rusia y dominicanos en África. Es extender el reino caminando por la tangente.
Tenemos que vivir un cristianismo sensible a nuestra cultura. No puedo pretender hacer el mensaje relevante para un dominicano, que es esencialmente informal, predicándole de traje y corbata. La personalidad del dominicano es totalmente contraria a nuestra cultura de iglesia. Los dominicanos somos informales, joviales y participativos. Nuestros cultos son formales, profesionales y totalmente unilaterales, tres participan y cuatrocientos reciben. Después nos preguntamos las razón por la cual las palabras iglesia e infierno son sinónimas para los no creyentes. Si esa es la expresión del reino de Cristo no quiero imaginarme lo que será el cielo.
La misión de una iglesia en esta media isla no puede ser otra que vivir para Cristo como dominicanos haciendo su mensaje relevante para las nuevas generaciones.