Que la iglesia resuelva sus problemas
Peter Senge habla en su libro La Quinta Disciplina sobre el mito del equipo directivo. El asunto tiene mucho que ver con la forma en que organizamos tradicionalmente las estructuras de una iglesia y analizándolo se pueden evidenciar nuestras debilidades.
Nuestra forma de pensar, y por consecuencia de organizarnos, es la siguiente. Necesitamos un grupo de personas altamente capacitadas para que mantengan la iglesia caminando, solucionen los problemas y planten cara ante situaciones difíciles. Ese equipo de personas supervisará la obra y cuidará de que todo esté donde tenga que estar. Aunque estas estructuras nacen muy bien intencionadas, en la práctica se demuestra que funcionan bien en situaciones rutinarias, pero se tornan totalmente ineficientes ante problemas complejos.
El punto de Senge es que regularmente la labor de estos equipos es apagar las voces y mantener las personas alineadas por medio del temor en torno a algo que realmente ni aceptan ni respaldan, sino que solo escuchan y mueven la cabeza diciendo que sí para no diferir. Además, como invierten todo su tiempo en apagar el fuego muy pocas veces pueden ver las reales causas de los problemas que están intentando solucionar, por lo que son ineficientes en asuntos complejos, como el cambio.
Recuerdo que de niño me involucré en varios conflictos en el vecindario contando con un primo mayor que se ofreció a brindarme su ayuda cuando fuera necesaria. Participé en varias peleas y en todas ellas me sentí confiado de contar con una gran respaldo en caso de necesidad. La realidad fue que nunca vi la intervención de mi primo, tuve que hacerle frente a cada uno de mis problemas. Esa es la misma forma en que funcionan las estructuras de una iglesia, todos estamos tranquilos pues contamos con que encima de nosotros hay directivos poderosos que apagarán el fuego cuando sea necesario. A la vez, esos directivos confían en que tienen pastores disponibles para meter la mano en caso de necesidad. Esos pastores cuentan con que tienen prebisteros o supervisores que traerán agua adicional en caso de que se agoten las reservas de la iglesia local y así sucesivamente.
Me gusta mucho la forma en que Pablo levantaba iglesias en el Nuevo Testamento, pero si estudiaramos su estrategia con los lentes de nuestras costumbres, estructuras y tradiciones parecería una locura. El apóstol predicaba el evangelio en una comunidad y dejaba las personas reuniéndose como iglesia para irse a predicar a otra parte. No establecía un liderazgo o equipo directivo, sino que responsabilizaba la misma iglesia de la solución de sus problemas. Como era de esperar, venían los conflictos y no tenían un líder que con su varita mágica mantenga el control de la situación, ahí aprendían o aprendían a ser iglesia. Este es el mismo principio que utilizan algunas academias militares para enseñar los cadetes a nadar, los lanzan al agua, o salen o salen.
Pablo ayudaba las iglesias locales a solucionar sus problemas por medio de cartas, visitas o el envío de algún obrero itinerante, pero siempre permitió que la solución a los problemas de la iglesia venga de ella misma. En el proceso de pleitos, discusiones o conflictos las iglesias terminaban poniéndose de acuerdo en una solución. En el trajín aparecía un liderazgo adquirido, no asignado, fruto de la participación activa de los miembros. Entre todos ellos, siempre había algunos que cuando hablaban la congregación prestaba especial atención, pues eran reconocidos por su justicia, capacidad y amor por la iglesia. Luego, Pablo enviaba a sus colaboradores a reconocer a esas personas como líderes. El principio es que los líderes suben solos hacia la montaña, nuestras elecciones pueden producir presidentes, pero no líderes.
Las iglesias locales deben solucionar sus problemas por medio de la aportación de cada uno de sus miembros. Como líderes, no debemos creer que alineamos un ejercito por el hecho de ver todos los soldados sentados derechitos en sus bancos, si ellos no se sienten parte de la solución lo único que habremos logrado será un gran silencio. Las personas se ponen de acuerdo en base a decisiones comúnmente aceptadas, no por medio de lineamientos unilaterales.













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